"...Tengo ganas de leer algo hoy, me sangra la poesía por la boca..."

Este blog surge de la necesidad de crear un sitio virtual dedicado a la vida y obra del poeta Francisco Madariaga (1927-2000).
Necesidad de adaptar la difusión de la obra a los tiempos que corren, y utilizar éste como un canal más, e indispensable, para dicho cometido.

En el podrán encontrar: información biográfica y bibliográfica, listado de libros publicados, antologías del país y del exterior, listado de premios recibidos, fotografías, videos, audio, antología poética virtual, novedades editoriales, etc.

Esperamos que disfruten de su paso por aquí, lo utilicen como un sitio de consulta y lo difundan entre los posibles interesados.
Los saludamos e invitamos a sumergirse en este virtual
Rincón del Infinito.
"Entonces, a no gemir, mi lejano palmar,/ cuando yo muera,/ porque somos un pormenor de presencia de lo/ inmortal."
Mostrando entradas con la etiqueta 2 - NOTAS PERIODÍSTICAS - ENSAYOS - PONENCIAS - JUICIOS CRÍTICOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2 - NOTAS PERIODÍSTICAS - ENSAYOS - PONENCIAS - JUICIOS CRÍTICOS. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de diciembre de 2009

EL VIAJE EN CAMIÓN - Juan Carlos Moisés

En memoria del poeta Francisco Madariaga
Nota: El relato es una variación de dos acontecimientos reales. Uno de ellos es un hecho que en una carta me contó el poeta Francisco Madariaga, que hace muchos años lo tuvo como protagonista en los caminos de la Patagonia.

-¡Eh, eh! ¿Nos lleva?
El que maneja aprueba con un gesto y trepamos a la caja antes de que se arrepienta. Por poco no caemos encima de otros que duermen contra la baranda, bajo un toldo. No saludan cuando caemos irrumpiendo como bultos en las tablas de madera. Nos quedamos inmóviles, de pie, y callamos. El viaje es en la cima con el viento en la cara, hasta lagrimear. Seguimos un camino prestado, el de los que viajan a dedo sin un peso en el bolsillo. Digo algo del aire frío y de la suerte que haya pasado por la ruta este camión destartala­do, después de haber esperado un día entero en el medio del camino sin poder avanzar, sin poder retroceder. Los desconocidos son tres, como nosotros, y ninguno dice nada, como si no me hubieran oído o como si no quisieran oírme. Una lona suspendida sobre la baranda los cubre y bajo esa sombra sus rostros se desdibujan. Están agazapados en la caja y parecen no tener nada que decir. Ni se inmutan. Nada. Vamos, si es que vamos, al próximo pueblo, hasta donde sea capaz de llevarnos el camión, o ese chofer con cara de entusiasmo que cree en el camión como si creyera en sí mismo. Nuestra idea es visitar los paisajes de la cordillera. Pero no sabemos hasta dónde va el camión, ni preguntamos. Así que vamos en estos caminos de precordillera, entre el alivio de estar en movimiento y la incertidumbre de no saber la dirección que llevamos. Mientras tanto, nada que oír, nada que decir. Por las dudas, mejor que no lo digamos. Masticamos el polvo que se levan­ta del camino; será por eso que ellos no abren la boca. Uno me mira feo, no duerme bajo el poncho como los otros. Ni el traqueteo lo desacomoda, encajado entre la baranda y los cuer­pos pesados de sueño de sus dos compañeros. ¿Habla? No habla. Ni nosotros hablamos. Los desconocidos nos han sacado las ganas de hablar. ¿Y los que van en la cabina? Ni tiempo tuvimos de verles las caras. En el medio, nosotros. ¿Es a lo que se le llama estar en el medio de la nada? En medio de algo debemos de estar. Algo, sin embargo, sabemos: que estamos en este camión, que acaso sea ninguna parte. En términos de realidad parece un camión, y acaso lo sea. Como si hubiéramos caído del cielo, literalmente. O como si anduviéramos buscando problemas donde no nos llamaron. Pero también sabemos que por fin estamos en movimiento. Recorremos kilómetros, leguas de picada, tapados de tierra, con los ojos chiquitos, los pliegues blancos bajo los párpados. Es todo lo que sabemos. Ni siquiera sabemos quién nos lleva ni quiénes nos acompañan. Y aunque quisiéramos parar el camión, no nos oirían, ni golpeando el techo de la cabina. Mientra­s tanto, ¿alguno habla? Ninguno habla. ¿Qué pensarán de nosotros? ¿Que somos presa fácil para sus averías? Me tiraría del camión si no fuera por el cansancio. No tengo fuerzas ni para subir a la baranda y tirarme desde lo alto. Si mis compañeros supieran de mis pensamientos se reirían. Pero nadie ríe. No ríen los desconocidos, no reímos nosotros. Ni para adentro río. Mejor será, por ahora, seguir en el camino, que es una serpen­tina sin fin. En el sube y baja de la ruta aparecemos y desaparecemos, loma tras loma. A los costados vemos las matas bajas, los peladeros, y a lo lejos avistamos los picos nevados de la cordillera inalcanzable. Miro a mis dos compañeros para leer en sus ojos alguna frase que me alerte o me desengañe, pero ellos están como yo, buscando en nuestros ojos la misma respuesta imposible. En cada bajada, el camión, sin cambio, se deja llevar por el envión. El corazón se nos sube a la boca y se nos confunde la agitación con el miedo. Así son las cosas en este camino perdido. Ni que nos lo hubieran contado y fuéramos parte del relato.
¿Y? ¿Hab­la?, me pregunto una vez más. No. Nadie habla. Creo que no hablarán nunca. Lo único que pedimos es que el camión se detenga alguna vez, en algún pueblo, en algún paraje. ¿Pero si uno de ellos habla? Que hable de una vez. Pero no, no habla. Como para pedirle que lo haga. Nuestra ansiedad se debe ver desde lejos. Hasta yo me reiría de nosotros, si fuera otro y me viera desde afuera, digamos. Pienso en el cuchillito, que está en la mochila. A mano tengo apenas los puchos y unos caramelos, que están en el fondo del bolsillo de la campera. Hacernos los dormidos no resultaría, se darían cuenta. Hablarles, por la atribución, los enojaría. ¿Y cómo hablarles, en todo caso, de qué manera, con qué palabras? ¿Cómo se habla en estos casos? Debería hablar uno de ellos, para después seguirla nosotros. Debería hablar uno de ellos, sobre todo, para no seguir con esta cosa que carcome. Que hable, pienso, que diga algo aunque sea para amedrentarnos, que ya bastante nos amedrentan sus bocas cerrados. ¿Hablarán algún día?, nos preguntamos con los ojos. Tal vez han hablado y no supimos escucharlos. Tal vez somos nosotros los culpables del silencio y no nos lo han perdonado. ¿Hablan, hablan? Sí, final­m­ente, de p­ronto, irrum­piendo, uno de ellos, el de ojos más avispad­os, habla.
-¿Lo conocen? –dice.
Señala al de sombrero. Miramos al que habla y miramos al de sombrero. No decimos nada. Se ha despertado de golpe, o eso parece. Saltamos en la caja por el traqueteo. Y éste parece ni darse cuenta. Sólo habla. La voz le sale gritada, por el viento.
-Es Madariaga. El Bandido Madariaga.
-¡Ahá! -decimos nosotros, apenas, y callamos.
-Dos muertes. Dos. El Bandido.
-Dos -dice el de al lado, también despierto, y se santigua mordiéndose el pulgar cuando termina.
-¡Ahá! -volvemos a decir.
Nos contagiamos los temblores, como si los próximos en la cuenta fuéramos nosotros, pero fingimos que nada está ocurriendo. Ahora sí que me dan ganas de saltar del camión en movim­ien­to. Si se despie­rta Madariaga seguro que pela el facón y final del viaje para nosotros. En ese caso, no creo que el camión necesite llevarnos al cielo; no llegaría, por otra parte, con esta pachorra. Le faltaría envión, aunque fe tal vez le sobre, por el modo en que venimos trepando las cuestas empinadas. Y se despierta nomás el Bandido, de improviso, como sabiendo nuestros pensamientos. Con una leve inclinación de la cabeza, para la oreja. Y nos mira. Creo que nos ha estado oyendo y mirando desde el principio. Alrededor de los ojos se ve la piel como si se los hubiera lavado. Hasta ahí no llegó la tierra del camino. La voz le sale llena, segura. Dice:
-Poeta. Poeta Madariaga. Así es como quiero que me conoz­can. Poeta Madariaga. ¿Estamos?
Movemos la cabeza, y no podemos saber si lo notó. Mete la mano en su cintura y saca un cuchillo. Es de hoja corta y el cabo se pierde en su mano huesuda. Lo levanta y lo clava, seco, en la tabla de la caja, donde queda cimbrando como un hombre de pie. Parece que hasta el cuchillo nos mira. Pero no miro el cuchillo mientras Madariaga nos mira.
-En esta vida hay que hacerse respetar –dice el poeta Madariaga.
Y le echa una mirada al otro, que de nuevo está dormido, o se hace.

Juan Carlos Moisés

Fuente: http://proyectobibliotecapatagonica.blogspot.com/2008/12/moiss-juan-carlos.html Leer más...

jueves, 15 de octubre de 2009

Francisco Madariaga

Palabras sobre Oliverio Girondo
Testimonio

Ha perjudicado siempre a los oficialismos literarios con su aptitud de absolutamente poeta natural, completamente moderno. No perteneció a la legión de atrofiados artistas de mezquinas desgracias insensibles al gran trago humano de lo justo, y carentes de una aptitud contraria de las miserias, las humillaciones y el desprecio, de toda índole, que ejercen las explotaciones modernas, en todos los órdenes. Pero, tampoco perteneció a la otra legión de declamadores, con pretensiones de sociales o de humanistas. Del humanismo vulgar, lamentador, inapetente, de los “niveladores por la base”. Los primeros artistas a medias, desencantados “contempladores”, enfermos de atrasadas dolencias menores, arrastradas del siglo pasado, pero mendicantes y sin defensas. Los segundos: inferiorizadores de las ideas, o de la visión del mundo que pretenden representar en el plano estético: siempre, en el fondo, conformistas y, realmente, irreales. En Oliverio Girondo, un verdadero espíritu criollo ha provocado, siempre, subterráneamente, a su poeta, y este le ha consagrado, y devuelto, los abismos más libres y sangrantes.
-
-
- Leer más...

jueves, 1 de octubre de 2009

Prólogo Antología "Poemas" (Fundarte, Caracas, 1983)

"Un chasqui de guerra celeste y otro colorado"
Juan Antonio Vasco

La inteligencia de Madariaga no lo convierte en su objeto, la cultura de Madariaga no reemplaza a su hombre, la escritura de Madariaga no le arrebata la provincia, la palabra de Madariaga sólo es corrosiva para cuanto merece, destrucción. Salido de los elementos, serpiente subtropical, palmera, hombre de antes y de ahora, ha brotado de Corrientes como un ojo de agua, le pertenece tanto que la vuelve centro de su propia universalidad auténtica. (Lea el texto completo)

"Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas", decía Juan Ramón Jiménez. Pedía demasiado. La inteligencia es apenas un estrato entre los múltiples niveles discernibles en la persona. Los nombres reverberan, inútil pretender que sean exactos como números. Las cosas pulsan, se hacen tocar y oler, mirar y oír moldeadas por el que observa. No culpemos a J.R.J. de esta errada sumisión a la inteligencia. Ella misma dio el cuartelazo con que usurpó, en Occidente, el predominio sobre tantas otras capacidades del hombre. Eran años en que los presocráticos, apretando todavía en la mano unos jirones de animismo, cedían el paso a los deliberativos sofistas.
El hombre había sido cruel desde el principio, pero la perversión mental comienza cuando la filosofía, antes sólo atenta a la physis, abraza el bando de la eficacia humana, entregando a nuestro género las armas intelectuales: razonamiento sinuoso, retórica fraudulenta.
Desde entonces "palabra fingida" ha envilecido buena parte de los discursos en todos los dominios. Hoy, el uso preponderante de la palabra industrial acelera su postulación. Los pescadores capturan peces cubiertos de abcesos, llagados por los residuos fabriles. En mares de la palabra, nuestras erdes recogen muchos versos cancerosos de inteligencia. Desde los cuatro puntos cardinales el escritor extraviado nos propone palabras enfermas, palabras que hablan de palabras que hablan de palabras que hablan de palabras que hablan de palabras.

Francisco Madariaga podría haberse sometido a la tentación criolla de parecerse europeo, mímica de las señales de humo sin fuego. Casi no hay país carente de alguna escenografía viejo-continental.: tampoco falta la Hong Kong propia. Nosotros nos atenemos a Buenos Aires, nuestra Capital, dominada por quienes detentan capitales menos autóctonos; en torno del Duz y del Senado hormiguea la multitud de los porteños, tantos de ellos verdaderos integrantes nacidos en el país. Este puerto de Santa María, aspirador centrípeto, absrove y medioarrasa el país, allega escritores de tierra adentro, poetas, literatos, críticos de críticos de críticos de críticos. Pero ha sido imposible desgajar de Corrientes a Francisco Madariaga. Reside en Buenos Aires , por donde toda voz ha de pasar, y continúa regresando al horizonte natal, va y viene del asfalto al estero.

La inteligencia de Madariaga no lo convierte en su objeto, la cultura de Madariaga no reemplaza a su hombre, la escritura de Madariaga no le arrebata la provincia, la palabra de Madariaga sólo es corrosiva para cuanto merece, destrucción. Salido de los elementos, serpiente subtropical, palmera, hombre de antes y de ahora, ha brotado de Corrientes como un ojo de agua, le pertenece tanto que la vuelve centro de su propia universalidad auténtica. Allí, lo ha dicho hace poco en una entrevista radiofónica, el hombre lleva tres razas en la sangre: polinesia, bereber y africana. Llama "polinesios" a los indios guaraníes cuya estampa e idioma está0n vivos en la mestiza Corrientes. Lo hace buscando, como siempre y con todo, el origen más puro. Bereber es designación nuclear para los españoles. Africanos, gauchos negros sobrevivientes de un triste genocidio interno.

La obra de Madariaga comienza a publicarse en 1954. Primer volumen , El pequeño patíbulo. Luego, entre 1960 y 1980, Las jaulas del sol, El delito natal, Los terrores de la suerte, El asaltante veraniego, Tembladerales de oro, Aguatrino y Llegada de un Jaguar a la tranquera.
La presente selección recoge tambien pasajes de esta última obra , subtitulada "cantata en homenaje a Corrientes" . Incluye, además, algunos textos inéditos.

Si los vegetales se pliegan al tropismo, los animales al instinto, los hombres a la motivación, Madariaga muestra los tres modos de ser ensamblados en su persona, conglomerados con el paraje nativo. Cuando su poesía hace recordar el momento azaroso del lenguaje que ha sistematizado la escuela de Breton, no es por ánimo preconcebido, sino porque la palabra surge de él como rugido de jaguar, rumor de lluvia, vuelo de pájaro. Ni siquiera es el caso de Alejo Carpentier o Wilfredo Lam, que ven a los europoes explorar cavernas subterráneas de la conciencia y comprenden que para nosotros, americanos, no tiene sentido palpar "Campos Magnéticos" (obsérvese la abstracción), rodeados como estamos por el sueño y el desastre. Ni mucho menos, tocando el extremo, volvernos turistas de nosotros mismos, como ciertos autores del llamado "boom" que luego descubren la índole vendible del exotismo y el "color local", ávidamente solicitados por los consumidores. El tráfico de lo peculiar tambien da paradójico acceso al disfraz universal. En cambio, Madariaga es de todas partes porque no se lo propone y porque es correntino total.
Logra aludir de modo simultáneo a referentes internos -objetos linguísticos y psíquicos- y a las cosas, seres y hechos de una realidad exterior, ya transfigurados por la percepción selectiva, ordenadora, por la personalidad y la fe. Se ve en una estrofa tomada de "Nueva arte poética", pieza que inicia el libro El delito natal, de 1963:

No soy el espectral ni el sangriento, ni el cautivo,
ni el libre, ni el trompudo de labios de lata,
...
Yo soy aquel que tiene los deseos del celo de la tierra.
Aquel que tiene los cabellos del lado del amor.

Excusemos el análisis de estos enunciados: las "partes de la oración", desaparecen en un idiomas homogéneo en estado fundente. Tampoco cede a la moda actual de emitir la palabra poética, o que pretende serlo, con valor paralelo de palabra crítica. Dice lo transparente, no autoalusivo. Discurso que nunca se ocupa de sí mismo. Ajeno a la retórica, situado en territorio natural con cara y ceca (para simplificar la presencia de niveles múltiples que percibiríamos mediante la disección): el poema por un lado, la naturaleza correntina por el otro y al mismo tiempo implicada en el primero. En cada uno, o conectado a los dos, el autor. Su elocución será a ratos líneal, a ratos una transposición de imágenes en forma de mosaico y no sólo de imágenes, destellos de naturaleza total, sino también de textos que describen la realidad potenciada y la llevan todavía a un nuevo plano de intensificación lírica. En el paisaje lo acompañan sobre todo el paisano y el caballo, sus hermanos criollos.

No quiere decir que Madariaga carezca de ideología.
La muerte de la fraternidad a manos de la competencia, la desapariciñon de la naturaleza bajo la plaga del progreso, la depredación del hombre verdadero, el trueque tramposo de la "campaña" por el "agro", de lo campesino por lo rural ("agro" y "rural" son palabras de la explotación destructora que produce algunos afortunados y deshereda de su madre natural a la mayoría), la putrefacción del lenguaje, la muerte de la poesía en lo laberintos de la carrera literaria, caen bajo su condena. Destila de los poemas o lo dice si lo preguntan. Siente en su obra un testimonio de todas las verdades radicales vividas en Corrientes, rostros de la naturaleza y del hombre que desaparecerán, según el mismo cree. Su texto, "El tren casi fluvial", prefacio antepuesto a Llegada de un jaguar a la tranquera se cierra con tres líneas que se le pueden aplicar. Habla de un "chasqui de guerra celeste y otro colorado". El chasqui es un mensajero; celeste y colorado identifican a los dos bandos políticos tradicionales de aquella comarca. Reuniéndolos en su escritura Madariaga abraza a la provincia toda y nos entrega el parte de una captación muy honda y definitiva. El mensaje dice así:

A veces veo en los sueños, desde un verde ventanal
un chasqui de guerra celeste y otro colorado, que
se cruzan al pie del viento: ¡Eso es Corrientes!

-
-
-
Leer más...

Carlos Latorre

Contratapa a la antología "Poemas"
(Fundarte, Caracas, 1983)


La poesía de Francisco Madariaga puede aparecer ante la mirada de los demás como incoherente o alucinada, siendo que en verdad resulta sobrecogedoramente lúcida por obra y gracia de su ser en trance de acceder a la revelación, de identificarse plenamente con el medio que lo proyecta.

Por identidad, por simbiosis, Madariaga da a luz una poesía que bien podría llamarse "folklórica" de no prescindir de lo inmediatamente descriptivo y anecdótico, de no crear, en cambio, la réplica analógica capaz de encerrar la presencia y la esencia, a la vez, de una comarca muy suya transfigurada por la acción de la naturaleza y el espíritu en indestructible relación ritual, casi mítica.

Insistiendo, sin servilismos imitativos, sin banalismos pintorescos, sin convenciones simbólicas, Madariaga opera el prodigio de ofrecer una de las versiones mas apasionadas y trascendentes de su propio país, y por ende de América, asistido por ese misterioso podes capaz de fundir en una sola las almas de la geografía y su habitante.

Carlos Latorre
-
-
- Leer más...

martes, 29 de septiembre de 2009

El arca digital - Publicación semanal de la Caja de Ahorro y Seguros

Comentario a "Un palmar sin orillas"

Por Jorge Ariel Madrazo

“Salido de los elementos, brotado de su Corrientes como un ojo de agua”, según lo describió Juan Antonio Vasco (otro gran poeta surrealista) Francisco Madariaga fue y es una de esas figuras de la poesía argentina −y universal− que debiera ser releído, y reeditado, sin cesar. Para difundirlo y actualizarlo entre las nuevas generaciones. Por fortuna, a nueve años exactos de su muerte física en la Buenos Aires que para él significó poco más que un duro habitat adoptivo (y que él anatematizó así: “Ciudad ramereada por las albas de las Constelaciones de las bajas Mercaderías…”) aparece por decisión y mérito de Ediciones en Danza esta antología imperdible.
Ante todo, porque ve la luz a más de una década de las dos últimas sumas poéticas de Madariaga: la obra reunida que se tituló El tren casi fluvial (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1988) y la Antología poética del Fondo Nacional de las Artes, en 1996. (Lea el texto completo)...

Esta compilación implica un boccato di cardinale para degustar la poesía de Madariaga, maravilloso ejemplo de fidelidad a una región geográfica-cultural transfigurada por él gracias a una hoguera imaginativa sin par: la región de los esteros del Iberá, donde su padre veterinario y luchador radical tenía una estancia y donde Francisco vivió desde los pocos días hasta los quince años. Y adonde de modo continuo regresaba; un retorno al pañuelo de tierra que le quedó con el tiempo, a un mundo raigal y a esos seres humanos a veces primitivos, a veces peligrosos, otras veces nimbados de la inocencia del origen. Y hacia los que mostró siempre una solidaridad y amor infinitos.
Era aquella una región física y a la vez mítica, que proveyó a Madariaga de un mesti-lenguaje desbordante de neologismos (el “contraamparo”, “la ex alba”, “te evoco, palmar colorado del unílico corazón del hombre…”). Y de formas verbales jamás osadas antes entre nosotros y con escasos antecedentes en la poesía contemporánea, como no fueran Vallejo, Huidobro y Girondo en la lengua castellana, o Guimaraes Rosa en la portuguesa.
Al cobijar la voz de este poeta que se llamó a si mismo “peón del universo”, la antología incluye textos memorables de sus quince poemarios, desde el inicial El pequeño patíbulo, editado por el grupo-revista Letra y Línea en 1954 a instancias de Aldo Pellegrini, hasta el insoslayable libro de memorias del propio Madariaga Sólo contra Dios no hay veneno (ediciones Último Reino, 1998). Pero también reúne testimonios fotográficos inéditos: imágenes tomadas en Corrientes con el padre, la hermanita, y con esos gauchos arcaicos, bandoleros o domadores tomadas en Corrientes con el padre, la hermanita, su mujer Élida y su hijo Lucio... o con su inefable caballo “Tormenta”, a quien él sublimó al bautizarlo “poeta natural”; y en Buenos Aires con Girondo, Olga Orozco, Bayley y otros grandes poetas- cofrades.
Su viuda, la también excelente poeta Élida Manselli, y los poetas Javier Cófreces y Eduardo Mileo por la editorial, tuvieron a su cargo las conmovidas páginas de introducción. Como dice Mileo: “Francisco Madariaga arrea su tropilla de jaguares (…). Mira, con sus ojos de agua, la lejanía del palmar. Y le dice al oído a su bayo que cabalgue, bajo ese cielo de fiesta”.
Para los despistados que en un primer momento creyeron ver en él a un “poeta del paisaje”, sin advertir la magnitud de una visión cósmica capaz de alcanzar el Infinito a partir de su lar o “planeta natal”, Madariaga se autodefinió de este modo: “Yo soy aquel que tiene los deseos del celo de la tierra. Aquel que tiene los cabellos del lado del amor.”
Pero la mejor definición de su poética, y del vínculo amoroso entre lo regional y lo universal, la dejó en su poema «Criollo del universo». He aquí un tramo de ese texto cuya relectura suspende y estremece:
“…Ya es muy tarde para ser de una provincia, / y muy temprano para pertenecer, todo, / al planeta del venidero y sangrante resplandor…”.
Él señoreó en ambos mundos. Esta antología lo demuestra con páginas que despiden fulgores del oro único de Francisco Madariaga.
Leer más...

sábado, 26 de septiembre de 2009

Poema inédito de Rodolfo Alonso

A UN RESPLANDOR
Rodolfo Alonso

Estuvo aquí, y resuena. Con orgullo
le contaré a mis nietos
que desde muy pequeño yo fui amigo
del poeta Francisco Madariaga.

(6-8-1980)

-
-
Leer más...

A Francisco Madariaga

«Sólo tienen un sentido las cosas, si ocurren para los demás»
(Dicho por el poeta Madariaga el 6 de agosto del 89, mirando partir un tren).
Jorge Ariel Madrazo

Si algún secreto o sentido
entona
el orden añil de
las cosas
la inconquistable
proximidad
(algún sentido o secreto entre
atroz centelleo cuchillero y
oros de relincho
caballar)

ese secreto –o sentido- sólo
sería para
los demás.

Si un brote floral una mujer
un tren
alzan fervores de nocturna
iguana
para otros lo harían
(nunca para mí)

Si esta escena descifra
cíclicos transterramientos
del
naranjal
queda completo el libro
de las
Imaginerías:
Todo está en su lugar
y me abandona.

Lo mío trama
un instante
fugaz.

Parto al galope. Debo
dejar el sitio a otro
(se hace tarde).


-
- Leer más...

jueves, 30 de julio de 2009

Revista Criterio - Julio 2009

Nº 2256 » Julio 2009
Francisco Madariaga
por De Vita, Pablo


El blanco océano gira en mi corazón / mientras canta el otro océano de plata amarilla / que se desprende de las aguas del sol observaba en uno de sus más hermosos poemas Francisco Madariaga, fallecido en la madrugada del domingo 24 de septiembre. Ese auténtico criollo del universo tal como tituló a esos versos - fue uno de los últimos grandes poetas argentinos que comenzaron a publicar en los años cincuenta. Fuente: http://www.revistacriterio.com.ar/cultura/francisco-madariaga/

(Lea el texto completo)


Madariaga, que había nacido el 9 de septiembre de 1927 y llegó a Buenos Aires a los catorce años proveniente de su Corrientes natal, subraya en sus lineamientos poéticos una búsqueda de raíces, de procedencias, que será el común denominador de toda su poesía y que se entronca, de manera muy peculiar, con las vivencias de la gran ciudad junto a las del campo, polos temáticos de su obra.

El contacto con la ciudad fue, asimismo, su ingreso en el universo literario: Yo no estaba ni remotamente vinculado a la literatura; solamente por algún libro que mi padre tenía, porque era un gran lector de poesía en sus épocas de estudiante de veterinaria en La Plata; pero eso era un hallazgo y una casualidad. Y añade: A los 14 años, con mi arribo a Buenos Aires y mis estudios en el Colegio Nacional, comencé a conocer a jóvenes poetas y luego aparecieron en mi vida los nombres de Enrique Molina, Olga Orozco, Oliverio Girondo, Aldo Pellegrini y muchos otros”.

Esos nombres, inmortales ya en la historia de la literatura rioplatense, son los fundamentales para el poeta. Algunos de ellos, como Pellegrini y Molina junto a Carlos Latorre y Juan Antonio Vasco constituyen, desde las páginas de A partir de cero y de Letra y línea, la poesía de vanguardia. Madariaga, emparentado desde su actitud poética con Arthur Rimbaud, nunca asume plenamente el título de surrealista con el que muchos ámbitos de difusión cultural de dispar envergadura han tratado de clasificarlo.

Sin embargo, A Partir de Cero se ubica claramente en el tercer momento del surrealismo en la Argentina, representado en las páginas de los escasos números de la publicación dirigida por Enrique Molina que convive, desde 1953, con Letra y linea, dirigida por Aldo Pellegrini.

Un joven Madariaga fue testigo de la traducción que realizaba Enrique Molina junto a Oliverio Girondo de Una temporada en el Infierno de Arthur Rimbaud: Rimbaud parecía que escribía en español por la fuerza, la fuerza del idioma que no observa el francés, eso decía Oliverio mientras lo estaban traduciendo.

Había conocido a Oliverio Girondo en 1954: Caminaba por la calle Florida y me lo presentó el poeta y crítico Aldo Pellegrini; iban otros amigos más junto a él y conmigo…si no me equivoco Enrique Molina, Julio Llinás, Carlos Latorre. Cuando Oliverio, que iba vestido de blanco, me miró a la cara y me dijo: ¡ Caray ! Qué cara de comisario de campaña que tiene usted compañero. Compañero me lo dijo al viejo modo criollo, y entramos al Jockey Club que estaba en Florida y Viamonte en aquella época. Luego empecé a frecuentar su casa donde hacía inolvidables reuniones que duraban toda la noche y fuimos muy buenos amigos .

En ese mismo año, el primer libro de Francisco Madariaga, El Pequeño Patíbulo, refleja en su escritura la apertura de los sentidos, que era su acercamiento mas certero al surrealismo y la explicación de esa dirección de espíritu, que lo acercó al movimiento desde una coherencia mucho más fuerte que la modalidad escritural:
“¿ Y cómo no adoraís a esos hombrecitos que enloquecen de andrajos al final de sus años ? / Demonios de los cristales, con la baba celeste de la demencia en el cerebro / Kleist, Hölderlin, sentáos mis amigos al borde del calor de verano sonriente de mi cama, en mi habitación de luz color de ojos de can colérico al borde del pantano / Mi habitación con el perfume de la luz, dirán los versos de Amigos Peligrosos, poema perteneciente a su primer libro.

Cuando iba a publicar mi segundo libro, Las Jaulas del Sol, se lo llevé a Oliverio Girondo, sobre todo por razones sintácticas; había cosas de la sintaxis que no dominaba bien, y Oliverio con un lápiz inmenso, grande, tipo carbón, me hizo unas enormes correcciones de sintaxis. Eso lo recuerdo de él, también me las hizo Olga Orozco, pero no en el sentido de los versos, sino de la sintaxis diría.

A su primera época, de la que dan cuenta sus dos primeros libros, Raúl Gustavo Aguirre la definió como la coherencia de una pasión salvaje que desliga las palabras de sus relaciones habituales para someterlas a un nuevo y sorprendente sentido. Madariaga a lo largo de más de 40 años de poesía ha sabido realizar con singular maestría un envidiable juego de contrapuntos de naturaleza casi dialéctica, no sólo en función de los versos que componen un poema, sino también en relación de contigüidad con los restantes que integran un libro y de proximidad con las demás ediciones, otorgándole a su obra un notable sentido de coherencia y riqueza analítica. Daniel Freidemberg observa con inteligencia que: Podría hablarse de un cierto expresionismo, si por tal se entiende el quiebre de las normas y costumbres de la lengua para adecuarlas a la expresión de aquello que de otro modo no podría ser dicho.

En su poesía, Madariaga encontró el paraíso y ése es el reflejo de su Corrientes natal, con esteros, gauchos y hadas en esos esteros: Una porción del planeta que me llenó de imágenes y me obligó a transmitirla, mal o bien. El paisaje (o PAISAJE en mayúsculas, como reza Cuenca del Plata”que integra Resplandor de mis Bárbaras) encontró en la región del nordeste argentino a su interlocutor más certero, desde El Pequeño Patíbulo hasta Sólo contra Dios no hay veneno pasando por Tembladerales de oro, Aguatrino, Llegada de un Jaguar a la Tranquera, Una Acuarela Móvil y Aroma de Apariciones, por sólo citar algunos títulos que transmitieron las vivencias de un protector de palmares y de garzas. Madariaga quiso ser un engranaje entre la naturaleza y los hombres y en País Garza Real nos dice: Un Puente de agua rosada cantando, / y la infinitud será también mi País Garza Real / Me llevaré una comarca de esteros, lagunas, palmares, / Y unos labios, unos ojos, mis caballos.

Quienes lo conocimos, supimos que su persona era como la naturaleza en sus relatos: no embellecida artificialmente, por el contrario, aferrada a esas inocencia y limpieza de espíritu siempre presentes en los primeros años de la vida. Al citar a Epicuro en País Garza Real”dice: Cuando no esté no estará la muerte. Y ahora que estoy yo no la conozco. En el mismo texto, la sabiduría de la palabra natural y corrosiva se hace presente: Desilusión no es muerte / es el camino hacia el encantamiento. El poeta, desde este libro, como señala Elizabeth Azcona Cranwell, accedió a un tercer estado del espíritu en el que los contrarios dejan de existir. Francisco Madariaga que colaboró en 1977 con la página de poesía de CRITERIO- en vida y obra quedará en el recuerdo como el estallido de la mirada limpia que refleja, en su luz y en su sombra, la belleza de lo real.

Fuente: http://www.revistacriterio.com.ar/cultura/francisco-madariaga/
Leer más...

lunes, 20 de julio de 2009

Entrevista en "El vendedor de tierra"- revista de poesía

Un tren a Venus
Publicado en EVT, Año 2, Nº 4, Verano de 1996/97

Anécdotas, reflexiones y recuerdos de Francisco Madariaga.
Entrevista realizada por Alejo González Prandi, Andrés Haedo y Celedonio Torres Avalos

Mis recuerdos más felices son los paseos en las grandes lagunas, las cabalgatas, el conocimiento de los gauchos más viejos, y más antiguos, que hablaban nada más que guaraní, no gauchos de opereta, sino gauchos como del siglo pasado; el conocimiento de las viejas y de las brujas, de las hechiceras más antiguas.
***
En Buenos Aires empecé a conocer poetas. Conocí a Alfredo Martínez Howard, que me presentó a Enrique Molina, después conocí a Olga Orozco, a Aldo Pellegrini, y finalmente, en el ’54 a Oliverio Girondo. En otro grupo conocía a Edgard Bayley, con quienes fuimos grandes amigos personales. Con todos ellos íbamos mucho a la casa de Girondo. Él llevaba mucha gente de literatura, no solamente de acá, sino también de afuera.(Lea el texto completo)

***



A Girondo me lo presentó Aldo Pellegrini, en la calle Florida. Era un día de diciembre, de un calor tremendo. Aparece Girondo todo vestido de blanco y con un gran sombrero negro, medio apaisanado, me mira a la cara y me dice: “¡Carai!, qué cara de comisario de campaña que tiene usted”. Nos metimos en el Jockey Club, una confitería que estaba en Viamonte y Florida. Ahí lo conocí.
***
Hasta los catorce años viví en Corrientes, en pleno campo, en la época más bravía del farwest correntino. Una región muy salvaje y muy bella. Cuando estaba en el campo no había tenido contactos literarios, salvo dos o tres extraños libros que mi padre conservaba en un arcón de madera. Eso era lo único que conocía cuando llegué a Buenos Aires.
***
En los encuentros en la casa de Oliverio, no se leía mucho. Venían intelectuales y artistas de distintas tendencias. Girondo, en ese sentido, era muy social. Lo mismo Norah Lange, su mujer. Era un hombre acostumbrado a ese tipo de cosas. Alejandra Pizarnik que era muy jovencita, iba mucho. Neruda venía pero se ocultaba. Cuando llegaba, llamaba a Oliverio y le decía: “Oliverio, quiero estar tres días en tu casa sin que molesta nadie del Partido Comunista. No quiero saber nada. Preséntame poetas, no políticos. Después cumpliré con mis obligaciones”. Se quedaba tres días y tres noches durmiendo en lo de Girondo. Pero a Neruda no llegué a conocerlo. Poquitito antes de que yo fuera a lo de Girondo, él ya dejó de ir. Y así a Federico García Lorca lo tuvo más de una vez en su casa, cuando vino en el ’36. Eran grandes amigos. Los tres. Neruda, García Lorca y Girondo eran muy amigos.
***
En mi telaraña infantil
Sucede Oliverio Girondo
Pablo Neruda
***
Mi primer poema lo escribí a propósito de un viaje en tren. Me acuerdo que este tren paraba en la estación de Concordia. Estando en el camarote, justo enfrente de la casa “del inglés”, que era el jefe de la estación, donde tenía un gran jardín, veo un busto de Venus. Entonces, le pregunto a mi mamá y ella me dice: “es un busto de Venus, que era una diosa griega”. Así surgió mi primer poema. Lo conservo por ahí. Nunca lo publiqué. La imagen de un busto, visto en un jardín, desde el tren.
***
Oliverio era un hombre de grandes humos; a veces era muy sarcástico; y en otras se encolerizaba. Era muy bueno, pero claro, tenía sus momentos de cólera. Era generoso con artistas que habían caído en desgracia económica, como a Figari, el famoso pintor uruguayo. Lo mismo pasó con Jacobo Fijman. El primero que lo internó fue Oliverio, que lo ayudaba porque estaba en la miseria. Creo que también lo becó a Petoruti, el pintor; y a otros más que ahora no me acuerdo. Son cosas que él no me contaba, sino otra gente.
***
El primer choque con la literatura importante fue con Rimbaud, en el Colegio Nacional.. Descubro de golpe a Rimbaud, a través de Martínez Howard. Después vino una lectura muy mezclada de todo tipo de poesía de todos los tiempos. Española, no española, romántica, no romántica, hasta que de repente, a través de Enrique Molina, conocí el surrealismo bien traducido, sobre todo por Aldo Pellegrini.. Fundamental como choque, como experiencia estética, aunque nunca fui totalmente surrealista, por lo menos al estilo europeo. Por una razón: el surrealismo europeo abolió el paisaje en su poesía en nombre del rechazo de la hipertrofia de la razón, en nombre de la rebeldía. Se olvidó del paisaje, salvo el caso excepcional de George Schehadé. En cambio, en América y en África el paisaje se mete dentro del surrealismo.
***
Antes de publicar mi segundo libro, le dije a Oliverio que me corrija la sintaxis. Yo tenía una sintaxis muy endemoniada. Entonces, por las noches iba a lo de Girondo, y él con un gran lápiz que tenía, me hacía tachaduras, y se enojaba: “¡Pero carajo, esto no es español!”, “¡Ponga así, carajo!”. Olga Orozco también en el primer libro mío me hizo muchas observaciones, que me fueron muy útiles.
***
Yo siempre defendí el surrealismo más por sus conquistas estéticas, sus poetas y demás, por su defensa a la poesía. Cuando todo medio siglo anterior era una tragedia ideológica de la relación arte-sociedad; es decir, cuando había nazismo, cuando había estalinismo, no se resolvía esa dicotomía. Y algunos se suicidaban, y a otros los mataban. El surrealismo se plantó frente a esa dicotomía y dijo: No”. Buscó un punto de lucidez y defendió los fueros de la poesía. No al servicio de ningún cartel político, aunque se tenga sensibilidad política. Esa fue la lucidez grande del surrealismo. La gran defensa de la poesía la hizo el surrealismo este siglo.
***
Yo pienso que Crevel hubiera sido el más grande poeta del surrealismo sino se hubiera matado.
Para mí los poetas más importantes del surrealismo son Benjamín Peret y Robert Desnos.
***
A Enrique Molina lo conocí en el ’45 o ’46. En esa época él navegaba.
Era marinero de la Marina Mercante.
Me acuerdo que una noche con Enrique fuimos a esa pizzería tan famosa, El Cuartito. Empezamos a tomar, empezamos con Fernet, que hace bien, como dice Edgard Bayley, para bajar las copas. Se hicieron como las cuatro de la mañana, llovía y no teníamos transporte. Nada. No había un taxi. Salimos de la pizzería y nos metimos en una galería grande y desierta. Nos quitamos el sobretodo. Habíamos comprado cada uno el diario para usarlo como almohada. Nos envolvimos en el sobretodo y nos acostamos a dormir. A eso de las seis y pico, junto con el rumor de la calle, apareció alguien que nos despertó. Un escándalo. Nos levantamos. ¡Qué gracioso fue eso! Pero dormimos…
***
A Edgard Bayley le decíamos que se parecía a un coronel del Ejército inglés. Era descendiente de ingleses y salteños. Tenía una personalidad muy contradictoria. Un hombre con una gran formación cultural, estética, y al mismo tiempo, con mucha vida callejera. Arbitrario de muchas cosas, en sus juicios estéticos, y también con respecto a la gente, cuando no le gustaba alguien. Pero después reconsideraba las cosas y las empezaba a ver positivamente. Era así, muy contradictorio. Tenía mucho humor, un humor inglés, pero a veces tenía un mal carácter.
***
Edgard Bayley los dirige
como antes dirigía las flores,
la luz de ciertos días, los amaneceres y el roer
lento, secreto, desgarrador, y burlón
de la soledad que se filtraba en sus venas.

Enrique Molina
***
El año pasado, en una vieja estancia perdida entre los esteros, hicieron una yerra y después una fiesta a la noche. Todos estaban con un revólver de cada lado, y mientras bailaban con la otra mano largaban los tiros. Entonces mi hijo me dice: “Papá, quiero recoger todas las cápsulas”. Yo le contesté: “Seguilos. Metete en el baile y recogelas”. Se trajo como cien cápsulas vacías.
Uno de ellos estaba con un chico de 11 años, que sería su hijo. Se sacó el revólver, la metió dentro de la loneta –estaba borracho- y le dijo: “Tomálo, ponélo en la base de ese árbol y te quedás a cuidarlo ahí. Cuidálo, porque si lo tengo yo en la mano, seguro que mato a alguien”. El hijo se tuvo que quedar ahí pobrecito. Entonces, el chico mío iba, lo visitaba, le llevaba empanadas, caramelos, qué sé yo… ¡Qué mundo! ¿No?
***
No viviría en Corrientes, porque aparte de amarlo le tengo miedo. Un terror inexplicable, por esa imagen del far west, de la violencia. Y no solamente por eso. Por los mitos, por la brujería y una serie de cosas. Lo adoro pero le tengo pánico, y eso que siempre me fue bien, porque aprendía a conocer el gaucho más violento. No lo domino en sentido de poder, sino que sé cómo manejarlo. Me lo enseñó mi padre. A parte le hablo en el idioma de ellos, el guaraní.
***
Un día de invierno, a las seis de la mañana, salimos con Olga Orozco, mi mujer de ese momento, y otros amigos de la casa de Girondo, después de una de esas festicholas tremendas. Estábamos un poquito pasados de copas. Íbamos por la avenida Alem gritando (hacía poco que había caído Perón), y en eso nos para la policía. A mí se me ocurre decirle a uno de ellos: “Aténgase a su oficio. Mire nada más el documento y váyase”. Como era de esperar terminamos todos en la comisaría, en los calabozos, que estaban llenos de putas borrachas que cantaban y gritaban. Y Olga, que era muy buena cantora de tangos, dice: “Buenos muchachos, vamos a divertirnos”. Entonces, empezó a cantar a gritos tangos, mientras que las putas le contestaban del otro lado, aplaudiéndola. Así todo una noche. Por último, conseguimos comunicarnos con Girondo, que aparece al día siguiente con un abogado para rescatarnos. Lo lindo era el intercambio porque las putas aplaudían cuando Olga cantaba.



Leer más...

miércoles, 6 de mayo de 2009

Ensayo de Sergio De Matteo

Me sangra la poesía por la boca
Concomitancias en la frontera de la lengua

Sergio De Matteo
Ensayo

La poesía hermana y une con lazos indisolubles a todos los espíritus que la aman. Aunque ellos persigan en su vida particular las cosas más dispares, aunque uno desprecie absolutamente aquello que para el otro es lo más sagrado, aunque se subestimen, se ignoren unos a otros y permanezcan eternamente ajenos, sin embargo, en esta región se encuentran unidos y en paz, en virtud de un poder mágico superior. Cada musa va en busca de la otra y la encuentra, y así todas las corrientes de la poesía confluyen en el gran mar universal.
Friedrich Schlegel


Ante todo y por sobre todo, el pensador y el artista tienen una misión intransferible, superior a su voluntad, que es la de revelar lealmente aquello que suscitan en él las cosas del mundo en que vive.
Ezequiel Martínez Estrada

Quien no pueda tomar partido debe callar.
Walter Benjamin

Nadie escriba esta frase/ que no la firme.
Ingeborg Bachmann

Tengo ganas de leer algo hoy.
Me sangra la poesía por la boca.

Francisco Madariaga


La que se deja escuchar.
La que pasa música de los vientos.
La que se defiende de la aldea global
sólo con las palabras

Ricardo Fonseca



Han transcurrido algunos años del siglo XXI y la tendencia globalizadora fue cinchando sus correas de transmisión un poco por todas partes; en determinados lugares llegó de modo intempestivo, en otros, gradualmente; pero no queda duda de que se está viviendo en el seno de la utopía realizada del liberalismo con la circulación mundial de mercancías. En cierta medida, se impuso a regañadientes dicha biopolítica, donde subyugan a los consumidores las corrientes icónicas del libre mercado; escenario simbólico sostenido, aún, por una seudo-filosofía que tiene sus flancos débiles cuando se la interpela e intima.1 (Lea el texto completo)(continúa)
[1] Estas anotaciones estaban pensadas y trazadas antes de los acontecimientos del último semestre del 2008, donde el capitalismo cayó, en parte, por su propio peso, por su desmesura y las insostenibles burbujas de inversiones inexistentes o desdibujadas de su realidad. Por lo tanto, he preferido dejarlo sin modificaciones sustanciales para que sirva como documento de análisis, de mirada al sesgo; incluso, si se considera a la concepción política como el lugar en donde se diseña la propia acción y desarrollo de los hechos de la historia, este ha sido un tanteo de lo que nos sucedía; y teniendo en cuenta esta paradoja neoliberal, que ahora recurre para salvaguardar la renta privada al Estado, se refractan y retifican algunos de sus supuestos. Entonces, como todo acto de cultura es cruzado y modificado por decisiones biopolíticas, no estaría mal plantearse también las incidencias de las obras artísticas en el discurso de los políticos, sobre la contaminación e intercambio interdiscursivo en la misma arena política. Porque en las políticas de Estado, como en las estrategias de las políticas culturales y sociales, también son necesarias coordenadas como tiempo y espacio, que sirven como guías para dar el paso real (a pesar del dominio de la imagen, del simulacro y de los espectros) para la aplicación objetiva de la fuerza, y que esa correlación de fuerzas sea la consecución de los espacios de poder. El ejercicio del poder, diría Foucault, se lo reconoce poseyéndolo o siendo uno de los cuerpos en donde se lo aplica. Pero sólo se puede hablar del combate, cuando se acepta estar dentro del combate; porque tanto la política, como la cultura, ha inferido Edward Said, son un campo de batalla en donde se dirimen cosmovisiones del mundo y sus trasvasamientos genuinos o ilegítimos al conjunto.
En la masa global no hay un “afuera”, aseveró la crítica literaria Josefina Ludmer 2.
[1] Josefina Ludmer, “Elogio de la mala literatura”, entrevista de Flavia Costa, revista de cultura “Ñ”, nro. 218, sábado 1° de diciembre de 2007, diario Clarín, Buenos Aires, págs. 6-9.
En tal coyuntura se libra una lucha en todos los campos de producción, tanto en lo económico, político como cultural. En la despareja distribución de la riqueza un grupo limitado de ciudadanos disfrutan de los beneficios de la renta, la producción y la exportación; aunque disguste también hay otros que acumulan capital a través de sueldos, jubilaciones de privilegio y negociados de la corrupción. Por eso la gran adhesión a este modelo es de parte de profesionales, empresarios, productores e intermediarios agrícola-ganaderos, deportistas, políticos, incluso artistas, además, muchos de ellos, han estudiado en los claustros universitarios públicos. Si se realizara un paneo de sus habitus, se obtendrá como resultado que casi todos, de una u otra forma, marcan la diferencia con los marginados o excluidos del sistema. El antropólogo Néstor García Canclini explica que la pertenencia al status quo se encuentra determinado por el “consumo”. Por eso las agencias publicitarias invierten grandes presupuestos en la industria del entretenimiento para afianzar la sociedad espectacular, quedando relegada y en inferioridad de condiciones la formación de sujetos críticos ante el despliegue de tamaña violencia semiótica y cierta anomia gubernamental.

Muchas cátedras, instituciones intermedias y estatales, medios de información, que participan del debate ideológico y estético demuestran que el mismo está un poco devaluado y constreñido. Pero a pesar de una realidad contrastante, resulta muy cierto que todo se ha puesto otra vez en discusión: categorías y conceptos, escuelas y pensamientos. Es preferible ese vacilar de las cosas antes que la homogeneidad simbólica propuesta por el “neocolonialismo”. En consecuencia, se debe discrepar y contraatacar al conformismo que aceptó sin muchas luces el afianzamiento de lo que se denominaba “el fin de la historia”, que, a grandes rasgos, pretendía en el momento de su mayor auge vaciar de “contenido y acción” a nuestra historia. Su objetivo era desplazar hacia la periferia las reflexiones de los militantes de la alteridad y de la convivencia multicultural, para imponer un posmodernismo chato y rayano, egoísta y hedónico, en fin, ultra-individualista, ajeno a la cotidianidad sudamericana. Con ese avance estratégico pretendían sujetar a los “sujetos” en los resabios territoriales desterritorializados del viejo “imperialismo”.
Pero nuestra región emerge con una potencia inusitada, y cuando se dice región no pensamos ni reducimos la acepción al Estado-nación que todos conocemos, sino que la referencia es a la patria centro-latinoamericana, a esa enorme red de multiplicidades que se despliega como una telaraña en cada uno de los procesos abiertos en las aldeas “glocales”. Son pueblos que han tenido su propio origen y elaboraron el sensorium que los identifica, pero la conquista ultrajó y destruyó sus particularidades, apropiándose del capital humano, económico y cultural. Nosotros, los transplantados, somos deudores eternos de esa vejación y omnipotencia. A lo largo y ancho de este territorio se cuenta una historia semejante, la que corresponde a poblaciones oprimidas, postergadas, a las que se intentó aculturar; pero su resistencia es ejemplificante ante la sanguinaria maquinaria occidental y han logrado subsistir, conservar sus costumbres y tradiciones. No obstante, el “rey” Juan Carlos y el “papa” germano Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) niegan las trapisondas del poder colonialista, aludiendo de que la evangelización del subcontinente no supuso una alienación de culturas precolombinas ni fue una imposición de una cultura extraña. No hay nada más alejado de la realidad que las opiniones mesiánicas; la contracara de esa ironía recae en las multitudes de mujeres y hombres que en Abya Yala se preparan para la liberación. Este temperamento se encuentra encarnado en la idiosincrasia de un colectivo que ha sido bastardeado y solapado durante siglos por las teorías y las modas importadas desde Europa o Norteamérica, a las que se adhirieron de inmediato intelectuales orgánicos imponiendo desde sus intervenciones “el miedo de ser uno mismo”.

En la actualidad, en el “presente” de la historia, el espacio público ha sido mutilado por el discurso hegemónico que, al estar controlado por los dispositivos reguladores dependientes del Imperio, se encuentra irrupcionado por una emergente práctica agitadora que tiene nuevamente rostros, los cuales pertenecen a los vecinos, a la gente del común; así de sencillo, sin retóricas ni nada. En esos conflictos de poderes también han surgido líderes que ordenan y reconducen las energías, elaborando proyectos que coadyuvan y contienen a la comunidad. En tanto, la muchedumbre se encolumna como reguero de pólvora y eso causa resquemores en los que sostienen y sostuvieron los privilegios de una elite impiadosa, injusta y mercenaria. Está encendida la chispa revolucionaria exigida por Walter Benjamin, el tiempo-ahora 3 con su expectativa mesiánica, en la que los oprimidos, los humillados y ofendidos cobrarán sus deudas a la clase dominante y habrá, indudablemente, una fiesta de resurrección para los condenados de la tierra.
[3] Walter Benjamin, “Tesis de la filosofía de la historia”, en Discursos interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989.
Y el cambio es factible, aunque el andamiaje capitalista parezca inmune, sus etapas están agotadas, sólo intenta prolongar su agonía, ya se acaba el curso homogéneo, ceremonial o ritual de los vencedores. La dialéctica señala que es la hora para el “salto del tigre” de la gran aldea sureña que, acostumbrada a las discontinuidades, a las rupturas y fracturas, todavía pueden retomar los modelos alternativos que se propusieron antes de que las dictaduras y la escuela de Chicago debilitaran con sus planes y recetas a los movimientos populares. No hay que olvidar que las recetas del soberano capital condenaron a las mayorías a sobrevivir presas del esfuerzo y la fatiga; y que los geopolíticos llamaron Tercer Mundo (con sus indios, mestizos, negros, proletariado urbano, inmigrantes rurales, etc.).

El sociólogo Eduardo Grüner manifiesta que: “La producción cultural, estética y literaria (y por supuesto, en primer lugar, la producción de la experiencia existencial) de las sociedades colonizadas, descolonizadas y re / neo / postcolonizadas en el transcurso de la “Modernidad”, no es otra cosa —en toda su compleja multiplicidad— que una consciente o inconsciente pugna por la definición de nuevos lindes simbólicos, lingüísticos, identitarios…”. 4
[4] Eduardo Grüner: “De culturas e identidades nacionales, o que la verdad tiene estructura de ficción”, en Boletín de la BCN, N° 120 “Identidad cultural”, Biblioteca del Congreso de la Nación, Buenos Aires, 2000, p.19.
Es imposible abstraerse de tales circunstancias, de no ser rozado por la trama de las “grandes novedades” del cénacle “posmo” (ubicados en la antípoda de los “metarelatos” de la razón instrumental), porque el mensaje circula y se inocula en/por cada soporte que se ha inventado hasta ahora. En cualquier lugar del mundo —incluso en el mismísimo “in-between”— donde se encuentre un ser humano será afectado por estas decisiones, y ha de ser así aunque tenga una toma de posición propia, porque el sistema lo contamina casi todo con su imaginario y fustiga con sus convenciones en el entramado de “la pasión por lo real”. El imperialismo monta y reproduce en serie cadenas simbólicas y económicas con las que pretende cooptar toda forma de ideología ajena a sus predicamentos; pero es una metodología inviable en aquellos que están convencidos de ser artífices de su propio destino.
Aún así, más allá de ciertos aconteceres que inciden sobre la producción literaria, tanto en su génesis como en su divulgación, y en donde se estipulan parte de sus contenidos, es decir, la conformación del corpus y la legitimación del canon de una literatura regional o nacional, las mediaciones funcionan hasta que colapsan; hasta el punto en que estalla lo sociopolítico y ahí sí se deben tomar decisiones y asumir compromisos.

Teniendo en cuenta la sistematización de conocimientos, la elaboración de recursos y categorías de análisis, es posible entrever que algunas nociones prescriben y caen en desuso, otros se reciclan. El campo intelectual a modo de usina, frecuentemente, concibe e innova herramientas para explicar el comportamiento del “lenguaje-objeto”. Hay una cuestión que los estudiosos y los mismos creadores tienen bien en claro, y es que la literatura es un organismo que se rebela cuando encuentra encorsetamientos y se evade, huye de la cárcel de la lengua, prefiere y elige el proceso abierto, dialógico, inclusive, la inmolación de sí misma para reinventarse. Cada tanto se tiene una renovación de ideas, toda episteme responde a su tiempo histórico, por lo tanto hay cambios de paradigmas, el saber es dinámico, por eso se gestan nuevas teorías, otro “metalenguaje” para la investigación, y estos reacomodamientos suceden acorde a la funcionalidad del arte en el mundo. La literatura, en tanto producción discursiva, posee capacidades que le permiten en cierta medida salvar la coerción del lenguaje. Con Barthes se entiende, que sólo en la literatura se puede llevar a cabo un juego sucio del lenguaje; “sólo allí la pornografía, el lenguaje vulgar y sucio es permitido”. Pero hay más: el lenguaje literario, como producción simbólica, cuenta con numerosos instrumentos para escaparse del lenguaje hegemónico. Roland Barthes mismo nos dice que “la literatura es un modo de hacerle trampas a la lengua”. Entonces, que nos sirva como corolario para intentar comprender las concomitancias en la frontera de la lengua, donde se deshacen, pareciera, las reglas y principios que ordenan su funcionamiento, pero que como si fuera una verdadera metamorfosis modifica y amplia su registro, reingresando nuevamente al circuito de la misma lengua, devenido en otro, donde permanece anclado el significante, ya que los significados pasan. No hay equivalente, sino un fenómeno complejo e híbrido que cambia al primero y también así mismo: fundición en la fundación; y lo único que le resta en esa dialéctica es esperar su pronta institucionalización para su continua destrucción y renacimiento. Roberto Juarroz escribió: “Cuando un lenguaje se extravía en otro lenguaje,/ cada palabra o signo/ clausura su lugar;/ lo disimula/ como si alguien cerrara su casa/ para que nadie la ocupe o despoje/ mientras dure su ausencia.// Pero ningún signo o palabra/ vuelve nunca a su sitio./ Cuando un lenguaje se extravía en otro,/ también el otro se pierde en el primero.// Tal vez por eso/ cada palabra o signo/ debe volver a nacer constantemente en otra parte./ El lugar de una palabra/ es siempre otro”. 5
[5] Roberto Juarroz, Poesía vertical II, Emecé Editores, Buenos Aires, 2005, págs. 9-10.
Ludmer habla sobre una problemática que ha sido una marca persistente en la exégesis literaria de la modernidad, señalando la pérdida de autonomía del campo literario, y plantea como hipótesis que hemos ingresado en la “postautonomía”. Y esta concepción responde al hecho de la dificultad de trazar cierto tipo de fronteras y tensiones entre lo cultural, lo político y lo económico; por lo cual la independencia que gozaba respecto a las otras prácticas discursivas ha caducado. También explica algunos de los cambios que traen aparejadas las escrituras emergentes ante la contaminación y ambivalencia que presenta actualmente la literatura, entonces surge lo que ella denomina la “realidadficción”, y esta huella se encuentra muy presente en ciertos textos de autores nacionales.
Hay conjeturas que ayudan a redefinir el estatuto de estudio, a reponer saberes que quedaron subordinados por el auge de otras dominantes, por la preferencia y la preponderancia de una agenda de discusión con sus propios intereses. Frente a los esquematismos o alusiones deterministas que algunas escuelas vertebran, aludiendo que los ideologemas de la literatura no deberían interceder a modo de foco revolucionario en la sociedad de discurso, escrituras dirigidas (por qué no, disciplinadas) y sin contaminar que se proponen desde Buenos Aires, como lo fue en su momento aquella poesía objetivista en boga en la década del ‘90, y reducen u obvian el estado de conflicto, incluso sin diferenciar entre hombre y autor, entre territorio y nación, entre centro y periferia, etc.; entonces deberían revisarse estas posturas anodinas, en tal sentido el escritor Juan José Saer indica:

“Uno de los errores más frecuentes de esa crítica ha sido confundir la filiación política o las declaraciones estéticas de los autores (que pueden tener importancia en el dominio cultural) con la realidad textual; otro [...] el de posponer en un limbo oscuro todas aquellas obras que no entran en el sistema de una supuesta tradición, y, en los últimos tiempos, un tercero que modifica, por su importancia, la esencia misma de la crítica tradicional y exige una crítica no literaria de la crítica misma: la confusión permanente que ésta hace entre los productos de la industria cultural y las obras de creación propiamente dichas...”.
[1] Juan José Saer, “Literatura y crisis argentina”, en El concepto de ficción, Ariel, Buenos Aires, 1998, pág. 112-113.

Habría que relocalizar esta lectura circunscrita que hemos aludido y ampliar su radio de acción, pensando que se debe salir fuera de los dogmatismos, de los formalismos, que la literatura además de un ejercicio mental conlleva una praxis donde el ser de carne y hueso válida su toma de posición en el socius. Recordar que toda escritura está preñada de signos ideológicos y tiene detrás un coro polifónico, con matices múltiples, que se disemina a través de personajes de papel. Incluso apela a otros soportes, trasciende la idea de libro regido por la perimida lógica unívoca del campo literario, porque ahora está cruzado por otras cualidades, en permanente deconstrucción; es decir, “no hay fuera de texto” como insinuó Jacques Derrida. En consecuencia, Ludmer afirma que “se diluye el poder crítico, incluso subversivo que la literatura había asumido como política propia en la era de las esferas”.
Por lo tanto, pensar o re-pensar una literatura desde el interior del país es un desafío que muchos profesores, críticos, editores, escritores y poetas vienen haciendo desde hace bastante tiempo. Ejemplares son los trabajos de investigación en las Universidades Nacionales de Córdoba y de Rosario que, con los años, han logrado consolidar una vasta y auspiciosa bibliografía, la cual ha sido publicada a través de sus propias instituciones y por las editoriales que existían en el medio o sino por las que fueron surgiendo al fragor de la tarea. En ese sentido el Sur tampoco está exento de dicha labor, tanto en la Universidad Nacional del Comahue y San Juan Bosco (con sus sub-sedes), como la de la Patagonia Austral, en un rápido período han generado cátedras para estudiar las literaturas de la región, encuentros en donde debatir sobre estos avances teóricos y las producciones locales, y también, poco a poco, se están nutriendo sus bibliotecas de papers, publicaciones y textos significativos de sus propios participantes.

Estamos condenados, en nuestro propio discurso,
a expresar el poder mismo que nos domina

Eliseo Verón

“Una mirada impura desde el sur del mundo, excéntrica, abierta a las visiones del planeta, hecha de mixturas, cruces y culturas múltiples. No revuelto Gramajo uno de los platos preferidos por el general Roca, preparado por un subordinado, sino Revuelto Magallanes, el líquido ácido y adictivo que destilan los artistas descendientes de la desolación, los viajes, la conquista, los caciques, los europeos, los renegados y los excluidos. Revuelto como revuelta y mixtura; como rebelión y náusea; Magallanes como búsqueda absurda de otro mundo de esplendor y derrota. Un nombre no se debe explicar”. Estas eran las palabras que identificaban en el ciberespacio a la página www.revuelto.net, un sitio desde donde el poeta Cristian Aliaga abrió una brecha, un intersticio en los links del mundo global e irrumpió, de modo virtual pero concreta, toda una literatura, todo un arte, pensado y pergeñado acá en el Sur / Sur. Muchos más productores culturales venían desde antes dándole vida y sentido a la producción cultural patagónica, claros ejemplos son la revista Coirón, el grupo “Poesía en Trámite”, la revista-mural Cavernícolas, la “Joven Poesía Pampeana”, Canto Fundamento, entre muchos y que luego otros continuaron ese derrotero, arriesgando su cosmovisión en la red, en las imprentas, o en la organización de encuentros en la patagonia. Entonces, con la idea de que nadie en la patagonia espera a que le hagan las cosas y mucho menos que vengan a decir por ellos lo que ellos mismos tienen que decir, se han creado institutos y cátedras para estudiar nuestra literatura, editoriales y revistas ―Editorial Universitaria de la Patagonia, Revuelto Magallanes, Libros Celebrios, Editorial Limón, Bogavante; Patagonia/Poesía, Museo Salvaje, El Camarote, Verbo Copihue y muchos más―, encuentros y congresos ―Encuentro de Puerto Madryn, Culturas del Sur del Mundo, Jornadas de Literatura Patagónica de la Universidad de Trelew, Feria de la Palabra de comodoro Rivadavia, Jornadas de Literatura Argentina en la Patagonia de la Universidad del Comahue― que van conformando y consolidando un capital simbólico importantísimo para sumar e integrar el canon de la cultura nacional y latinoamericana.

Por lo tanto, la intervención cultural, la indagación del pasado ―desde un presente activo y crítico―, como algo que está vivo y puede reponerse, permite ese estado de tensión en el cual el ordenamiento ordinario de la realidad tambalea y se acomoda de una manera distinta. Un movimiento literario que se alimenta de obras realizadas y en construcción, que luchan, discuten, y se re-valorizan ―constantemente― en la instancia de lectura y réplica. Lo instaurado emite su lumbre, una estela que traza un camino que se amplía en los terrenos de la imaginación creativa, es como el ciclo de la semilla hasta que fructifica, y es desde donde se desprenden y animan múltiples posibilidades, puentes y atajos, vasos comunicantes que, en definitiva, hacen y dan sentido a una literatura, porque más allá del fenómeno agonístico, de las voces legítimas y relegadas que se enfrentan, siempre habrá para cada escritura una fiesta de resurrección.

No es pretensión de esta introducción hacer un registro cronológico de la producción poética que se desarrolla en la patagonia; tampoco mediante este trabajo se da como válida o se instaurará una nueva tradición que, en definitiva, vale señalarlo, se beneficia (y muchas veces amplía) con las operaciones que subyacen al análisis literario. Por otra parte, también es necesario aclarar que la selección y el estudio realizado por la crítica coadyuva, junto a las publicaciones motorizadas por editoriales y revistas, en la conformación de un corpus desde donde es posible armar el rompecabezas de lecturas y “mediar” entre las obras que se consideran legitimadas y las que se encuentran desplazadas.
Es oportuno agregar que, a pesar de la requerida imparcialidad del proceso, es determinante la posición que se ocupe, porque nunca un lugar es neutral, nunca se está en un no-lugar, siempre existe un interés por más soterrado que se encuentre; así como es imposible el grado cero de la escritura, tampoco la “cientificidad” habilita para eludir el compromiso de la clasificación ecuánime. Por lo tanto en toda investigación, en toda edición, es ineludible el recurso del recorte para poder ubicar a cada una de esas voces escogidas en las celdas que le corresponderían por el peso de su obra ―tarea que siempre estará condicionada por la influencia de las lecturas realizadas de los investigadores anteriores, de los grupos de estudio, de las instituciones, o del poder mismo―, facilitando todo ese conocimiento elaborado a priori la recusación o la confirmación del ordenamiento de las posiciones que ocupan ciertos autores en el campo cultural, de las obras legitimadas que forman parte del canon y la incorporación de otros.
En tal sentido a través de este prólogo podemos discutir y destacar la tarea de los poetas patagónicos ―aquellos que han logrado consolidar una obra, incluso focalizar la atención en los considerados excéntricos― con sus textos más relevantes, que refracten la situación de la lírica del sur argentino que se halla, desde hace tiempo, en estado de ebullición con su multiplicidad de estéticas. Incluso se puede arriesgar que, simultáneamente, están construyendo sus obras poetas de distintas generaciones, lo cual implica un rico panorama literario que oscila entre una herencia literaria ―oral y escrita― sólida, remota y múltiple, frente a los novedosos bienes culturales escritos por los más jóvenes y que son distribuidos bajo la alternativa de cualquier soporte.
Por lo tanto la lectura se sustenta en la articulación de la poesía elaborada en territorios colindantes que tienen un proceso histórico de base similar, comprendido en la exterminación de los pueblos originarios, la usurpación de sus tierras, el silenciamiento de las diversas culturas que ocuparon ―y ocupan― la patagonia desde tiempos remotos.

En líneas generales, es interesante el desafío de asociar los espacios geopolíticos en donde se elaboran prácticas de escritura disímiles, aleatorias, híbridas, y que a su vez se hallan sustentadas en micro-zonas de producción provincial o local. Entonces, es válido asumir el riesgo de hablar, apuntalar o anclar una poesía patagónica-argentina, a sabiendas de que generará resquemores y malentendidos. Pero ahí está el juego, el fenómeno agonístico, sostenido a un mismo tiempo por el énfasis individual y el carácter social de las obras y de los autores, interregno en donde domina y fructifica el lenguaje y se confunde y contamina entre enunciados, entre contextos, entre soportes.
Se piensan y exponen estas anotaciones teniendo en cuenta la idea de los componentes colindantes, exógenos, pero no desconocidos; junturas (ambas poesías) en las cuales se friccionan los límites 7 impuestos por el Estado-nación a sus provincias que, debido al fluido intercambio entre editores y creadores, cooperan en la disolución de las fronteras, operación que propicia un derrame cultural que hace factible de armar un cuerpo poético con las más variadas aristas y perfiles. Justamente, considerando que la lógica de la globalización lleva a una declinación de las líneas divisorias de los Estados-nación a favor de líneas divisorias del tipo “estados-región”, configuraciones regionales nuevas formadas por provincias cercanas en el espacio pero pertenecientes a diferentes naciones.
Refrenda lo dicho lo que sustenta la escritora Graciela Cros al señalar que “La Patagonia connotada fuertemente con la idea de Utopía, de no-lugar, de ausencia, opera en el imaginario global como tal, y hasta como ‘quimera’, cuando para nosotros es la experiencia de la periferia, el margen, la frontera, el desierto extendiéndose mucho más allá”. 8
[7] Señala Eduardo Grüner que “la cuestión de los límites es también, para la teoría literaria y cultural, la cuestión de sus límites” […] y agrega “sin embargo, hay una cierta incomodidad asociada al concepto de ‘límite’. Pareciera ser una palabra que indica una terminación, una separación infranqueable entre territorios, una nítida distinción entre espacios. Pero esa impresión puede resultar engañosa, o peor aun, paralizante, en tanto implica la idea de un borde preexistente, de un punto ciego preconstituido, y no de una producción de la mirada […] procuraré sustituir ese término por el de linde, con el que intento traducir la compleja noción del intersticio, del ‘in-between’ de Homi Bhabha, ese ‘entre-dos’ que crea un ‘tercer espacio’ de indeterminación, una ‘tierra de nadie’ en el que las identidades (incluidas las de los dos espacios linderos en cuestión) están en suspenso, o en vías de redefinición” Homi Bhabha: The location of culture, Londres, Routledge, 1996 […] “el concepto de ‘linde’ tiene la ventaja de llamar la atención sobre un territorio sometido, en su propia delimitación, a la dimensión del conflicto y de las relaciones de fuerza, donde el resultado del combate por la hegemonía […] es indeterminable pero no indeterminado, puesto que también él está sobredeterminado por las condiciones de su propia producción […] ese ‘tercer espacio’ también tiene sus propios lindes, en la medida en que la dispersión textual que supone en un extremo —la disolución de las lenguas y las identidades en la tierra de nadie—, supone, en el otro extremo, la permanente pugna por un reordenamiento, por una ‘vuelta al redil’ del texto en sus límites genéricos, estilísticos, incluso ‘nacionales’”.
[8] Concha García: Antología de poesía de la Patagonia, Servicio de Publicaciones Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, Málaga, 2006, p. 13.
El conjunto de poetas patagónicos argentinos está compuesto por un campo heterogéneo de producción, causa directa de ello es la amplitud de la región, y conviven dentro de un bloque histórico concreto y determinante, una diversidad y polifonía de voces poéticas que se necesitarían varias páginas para bosquejar una aproximación y muestra total de la misma; por lo tanto se debe remarcar la complejidad del asunto porque esa multiplicidad se ve ensanchada en sus matices en la literatura en otras lenguas, las pertenecientes a las culturas originarias, o a la cultura galesa. Entonces, ante la imposibilidad de conocer a fondo cada una de sus manifestaciones y, también, por el respeto a especialistas en la materia (Eduardo Palma Moreno, Rodolfo Casamiquela, Ana Virkel, Liliana Ancalao, por nombrar algunos), se plasma en esta intervención la presencia e influencia de dichas culturas en la escritura que realizan los poetas contemporáneos. Sin lugar a dudas, estas particularidades (o influencias) se pueden encontrar en las masas textuales de Irma Cuña, Graciela Cros, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Carlos Sacamata, Niní Bernardello o Edgar Morisoli; porque cada uno de ellos estuvo atento a dicha herencia mítica y utilizó ese sustrato, incorporándolo en su cosmovisión latinoamericana de la cultura, de la política, y a través de los textos ficcionales como ensayísticos propusieron un modo de lectura reconocible en y de la “superestructura”; desde ya, cada uno con matices y giros propios en los tratamientos hechos de los símbolos y lenguas autóctonas.

Quizás, seguramente, el lector cuando termine la exposición introductoria note la ausencia de análisis de las propuestas poéticas de cada uno de los elegidos e incluso de fragmentos ilustrativos de sus textos: se prefirió efectuar en cambio un repaso de lo que sucede en el territorio y que las poesías se defiendan por sí mismas cuando ustedes las busquen; en el último trabajo donde se aborda una breve antología de poetas patagónicos queda, a grandes rasgos, bosquejadas las diferentes exploraciones y tópicos del sur del país. Tampoco se pretendió realizar un recorrido sistemático del proceso histórico en que se fundó lo que se llama o puede nominar “poesía (o poética) patagónica”. Se acentuó el trabajo sobre la vitalidad y el movimiento que hay en este momento en el sur, que ya sorprende a quienes desde siempre han tratado a cada uno de estos lugares “exóticos” como periferia, y hoy en día, es el lugar en la que irrumpe, crece y se fortifica una poesía de alto vuelo.

La poesía política está mal vista
Yo digo que la poesía es política

Graciela Cros

Los discursos políticos, mejor dicho, los discursos enunciados por los políticos han utilizado durante mucho tiempo el latiguillo de que “los jóvenes son el futuro”; y se podría decir que éste ha sido un recurso más que efectivo para la conformación y el copamiento de los lugares de representación de las distintas generaciones que integran una nación. También es un modo concreto de garantizarse esos espacios de poder en disputa y legitimación sin que intervengan, justamente, las fuerzas vivas juveniles que, la mayoría de las veces, han sido los que protagonizaron los grandes cambios del mundo. Esta estrategia siempre ha manipulado ―incluso cooptado― la participación de los jóvenes en la toma de decisiones importantes, y a través de promesas y prebendas fueron anestesiando ese campo subversivo y rebelde de por sí, mientras auguraban que una vez consolidado el sistema sociopolítico les pertenecería de pleno derecho.
El tiempo de los jóvenes en este país, a excepción de la lucha de los ‘70, siempre ha sido el futuro, un espacio ficticio que nunca jamás llegará, porque una vez transcurrido los años esos jóvenes no serían tan jóvenes ―cronológicamente― y ya vienen tras ellos las otras generaciones que piden y exigen ocupar esos lugares de decisión. En este sentido no se niega que haya pasos que cumplir, que existan coyunturas y un entramado de relaciones que respetar, pero vale considerar, ante la reiteración de una historia que no sólo excluye a los jóvenes en la toma de posición política sino que ha expulsado de la producción y reparto de riquezas a un gran número de argentinos de las clases más desprotegidas, que de alguna manera siempre en estos tiempos de aguas revueltas terminan aprovechando las oportunidades los mismos grupos sociales de siempre: la pequeña-burguesía, los ilustrados y la aristocracia.
Y en esa discordancia ante el poder unificador y subyugante, los poetas del sur, conscientes de las problemáticas sociales afincadas en cada una de sus ciudades, de sus territorios (que vienen siendo rapiñados por los extranjeros), vuelcan y convierten a la poesía en esa arma cargada de futuro que pidiera Gabriel Celaya. Citar Fáunicas de Claudia Sastre, Veneno para hormigas de Debrik Ankudovich, Calles laterales de Jorge Spíndola, Que extraño mundo extraño de Charlie Byrne, Conurbano sur de Ariel Williams, Shopping de la poesía y otras causas de Washington Berón, Piedrapalabra de Julio Leite, Pedregullo de Laureano Huayquilaf, Fábrica de esclavos de Román Cura, entre otros, como obras señeras de una forma de escribir y de deconstruir el poder, las reglas, las instituciones, es una acepción que no es sólo emblemática sino que corresponde a un registro concreto de toma de posición, donde una obra, aunque de escasa tirada, irrumpe en el desnutrido y vilipendiado contrato social y narra sin mordazas lo que la elite falsifica y silencia con la compra de los soportes multimediales.

Entonces, a pesar de estar leyendo desde la esfera del arte, es y sería viable la re-construcción de un sensorium que abarque a estos desclasados ―que forman parte de los residentes de la patagonia, de los que integran también un país denominado Argentina―y teja una red solidaria entre los fragmentos dispersos que deja y dejará el neoliberalismo globalizado. Por lo tanto, una de las prácticas que la crítica y la creación literaria debería reponer es el “salto del continuo histórico” como propusiera Walter Benjamin. Y ese salto sólo podrá ser posible darlo conociendo ese pasado que irrumpe y determina nuestras acciones en el presente, al resignificar cada una de las ausencias que nutre ese rico pasado, hoy rearticulado en un presente en ebullición y diverso, en la voz de la poesía. Por eso hay que regenerar tanto en los escritores como en los lectores el acto subversivo que sobrelleva la práctica de la literatura ajena el mercado de valores, es una posible táctica, o estrategia, para acariciarle la cola al poder, principalmente al que arma la curricular de los formadores que enseñan en las escuelas del país. Más allá de nuestro trabajo sobre los textos mismos en permanente diálogo con los otros libros, debemos tejer una red entre los productores y receptores, y en esa literatura compartida, dialógica, tendremos una muestra del discurso social de la época con sus aristas y sus espinas, y se hace presente en la realidad desconfigurando lo que construyen otros desde fuera del sistema local o regional, y esto evidenciará una escritura que no tiene justa medida desde el centro, porque siempre ha sido postergada siempre por los que ocupan los lugares de privilegio; por lo tanto cada una de las voces patagónicas muestran entre sus matices, sus tendencias, sus generaciones, una poesía indócil, intratable, en la subyace en su toma de posición algo de aquella valentía de las razas autóctonas o la lucha de los obreros arrasadas por el Estado-Nación. Resulta inevitable tomar a Pierre Bourdieu para plantear las instancias de construcción de un modo de percibir la realidad, una hegemonía. Se puede proponer, en este sentido, que dentro del espacio social distintas facciones socio-culturales llevan a cabo un juego de relaciones en la que una pretende imponer sobre los demás un modo de percibir la realidad. Acepto y corroboro el veredicto del pensador francés, esta es una de las posibles cosmovisiones de la literatura patagónica, la de un espacio determinado y fundante de un campo multicultural, en donde existe y coexiste un discurso social fluyente, que se retroalimenta en la misma “guerra de posición”, porque como ha afirmado Edward Said “la cultura es campo de batalla…”. Por lo tanto en el escenario geopolítico (donde la cultura sólo puede funcionar como contrapoder del poder autoritario, agregaría el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos) tendremos que la articulación se verifica a través de un enfrentamiento con prácticas articulatorias antagónicas, es decir, que la hegemonía se constituye en un campo surcado por antagonismos, y supone efectos de frontera, de límites, de lindes. Con esto podríamos decir que existen dos condiciones de una articulación hegemónica: la “presencia de fuerzas antagónicas” y la “inestabilidad de las fronteras que las separan”. Ese es el espacio de lucha del intelectual, del docente, del escritor, del poeta y, desde ya, del libro y la biblioteca.
La poesía con su fuego incendia, por eso el hacedor y el cómplice lector deberán soportar su quemadura para comprender parte de míticos y legendarios enigmas, de posiciones revolucionarias y subversivas que, como la ríspida lengua eternizada en las piedras milenarias, aún en el siglo XXI nos hace hablar y reflexionar.

Es común que se recorran diferentes ámbitos y mecanismos de almacenamiento para concretar un ensayo; en ese caso, es necesario, a modo de sinopsis, reponer primero la consulta de libros, revistas, diarios, páginas digitales, etc., luego las anotaciones y los apuntes, la confrontación de datos y la consulta de bibliotecas, cuyo relevamiento confluirá en un trabajo, y, sin duda, lo más importante sea, quizá, el intercambio fructífero con otros colegas: charlas, lecturas, consejos, correcciones, etc.
En este nuevo libro intento explayar mi preocupación por un género en particular: la Poesía. Y podría exponer que aquellos habituales lectores de poesía, aquellos devotos seguidores de ciertos poetas, tienen costumbres que escapan al lector tradicional y también señalar que dicho ejercicio representa mucho más que un simple hábito, porque esa extrañeza los hace formar parte de una silenciosa y cómplice legión. Son fieles adictos a este tipo de libros que ocupan un lugar marginal en los catálogos de la industria cultural, debido a que se lo considera una práctica significante subalterna dentro de la misma literatura. Por lo tanto la política financiera y publicitaria de las grandes editoriales es mínima o nula para apuntalar la promoción de los poetas, salvo el caso de los que han sido consagrados por la crítica o cierta popularidad que, muchas veces, es ajena al propio campo. También los datos macroeconómicos que manipulan estas empresas multinacionales indican que el consumo de textos de poesía por un gran público es menor y, en consecuencia, no genera el flujo de dinero que necesita el negocio capitalista para usufructuar la ganancia (la codiciada plusvalía).
Los caminos de la poesía son otros, mucho más subterráneos y alternos que los frívolos y triviales que promociona cierta industria cultural o la mass media. Tanto los editores, los escritores como los lectores de poesía pertenecen a una prosapia distinta (ni distinguida ni de clase, tampoco llega a constituirse en una sociedad secreta); aunque dentro de toda formación existen aquellos que se apean al escaparate de la fama y del estrellato, convirtiendo al íntimo ritual poético en una fiesta espectacular. Las grandes voces han construido su estilo, han destilado su poética, consolidando una obra sustancial casi siempre en la mayor soledad, lejos de las luces y de los ruidos de la metrópoli; distanciados de esa faena que se lleva a cabo en el campo intelectual para obtener la legitimación de los otros agentes y ocupar un espacio privilegiado entre los mismos partícipes. La trayectoria de esas voces que han sufrido la postergación ante la inadecuación a tales prácticas fueron reconocidas por su propio peso, y lo hicieron sin firmas ni becas condicionantes que los beneficiaran. Porque su particularidad es el trabajo resultante conquistado después del anclaje en sus países natales y por la solidez y originalidad de las obras producidas.
Expongo al criterio de los otros, quizá de los mismos, esta búsqueda e incertidumbre bajo el sortilegio de la poesía. Cada vez más agradecido por el diálogo constante que he mantenido con los escritores y poetas del interior del país, también con algunos porteños. A esos cómplices del intercambio desinteresado de ideas y de libros les dedicó este opúsculo.
Para cerrar este prólogo hago propias las palabras del poeta correntino Francisco Madariaga, ese criollo del universo que nos hablara desde su país garza real, cuando sentenció “me sangra la poesía por la boca”. Desde esta postura se reivindica el acto creativo como parte de la historia, más allá de las mezclas, más allá de los preceptos; la poesía siempre parte desde la imaginación radical y el corazón del hombre a fundar un lugar posible, un u-topos. Construye en y desde el territorio de la palabra, anida entre la certeza y la incerteza, pero en su instancia última y reveladora sabe a poesía. Aunque en un principio responda a determinada individualidad, a un autor concreto, en su proceso de sociabilización se hace colectiva en entrega y solidaridad. Reitero la idea-fuerza de Francisco Madariaga: “Me sangra la poesía por la boca”, y prescribo de que en cada lectura, en cada entrevista, uno va convencido en la búsqueda de ese misterio milenario. Sé y reconozco que no la buscamos, sino que ella misma por su propia gracia nos llama, nos convoca, somos sus dependientes; somos el instrumento para expandirla por el mundo, convidarla desde la boca que sangra a nuestros semejantes. Por eso viajo para intentar comprenderme a caballo de la crítica y de la poesía.
A modo de recuerdo y agradecimiento cito a la profesora y poeta Irma Cuña, formadora de profesores, escritores, mujeres y hombres, que en uno de sus ensayos más importantes nos ha dejado esta enseñanza:

“Tomar conciencia del imaginario heredado (que sólo conocemos cuando se actualiza en un hecho concreto) es la tarea docente más ardua y atractiva que pueda esperarnos desde ahora y hacia delante”. 9
[1] Irma Cuña, Identidad y Utopía, Editorial Educo, Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, 2000, pág. 87.


LA SOLEDAD DEL ESTILO


Hay poéticas que son ineludibles cuando se realiza un estudio del campo literario argentino; mucho más identificables son también si nos atenemos al subcampo comprendido por la poesía, porque justamente ahí los estilos se hallan todavía más marcados, debido a que cada experiencia se vive como si fuera una especie de fundación. En ese sentido la voz emergente debe sobreponerse a la angustia de las influencias, arriesgar y construir su propio camino. La trayectoria que desarrolla la obra será el andamiaje en que dialoga con otros textos, con otras prácticas significantes, por lo que se contamina, hibridándose (aunque re-niegue de dicho proceso) con el capital simbólico producido por la tradición. Sólo es posible crear una estética diferente y sólida teniendo en cuenta esa herencia literaria, para ello el autor novel debe resignificar todo lo escrito hasta ahí, debe tomar ese lenguaje de la tribu y cargarlo de su cosmovisión del mundo; pues mitos y símbolos tienen que convertirse en el único desvelo, en el alimento del artificio, atestiguando la búsqueda en la utilización del lenguaje.
Pienso en la enseñanza del poeta francés Paul Valéry en cuanto a la calibración del oído y el habla del poeta respecto a su herramienta para inventar, indagar, poetizar; o sea, la sustanciación de las palabras utilizadas en cada verso de cada poema como si fueran entidades y que cada una vibrara con su propia melodía; por lo que el poeta deberá sentirlas y comprenderlas en ese pacto:

“El punto delicado de la poesía es la obtención de la voz. La poesía es el estado cantante (retumbante-resonante-rebotante) de la función que habla […] todo deviene estado vibratorio […] el estado vibrante cantante.

En esa empresa radica el desafío, y en esa lucha agonística se encuentra también la poesía de Francisco Madariaga; porque el intento o el juego límite será el de colocar en los vocablos el relámpago que cruza y lo excava por sus adentros, y también el vacilar, ese vacilar tan particular que es “real, como el ruido del planeta”, se sostiene en la mirada contagiada por los aconteceres del afuera cotidiano, el poeta afirma “yo escribo porque me alza la naturaleza”, por lo que en ese proceso, en la misma poiesis, en su acto creativo, se anudan todas las voces que lo preceden desde edades inmemoriales, es el estado vibrante cantante.
Toda lectura, toda escritura, se abisma en una ceremonia en donde no se puede “con el vicio feroz de la poesía”; entonces para poder construir el poema prima una serie de arbitrios, lo cual se concreta, algunas veces, a través de golpes certeros en el yunque; en cambio en otras, surge desde un acto casi sonámbulo, por lo que a modo de hechizo se da con los finos hilos de la poesía.
El instante en que se sopesa la densidad de la palabra el poeta lo reconoce como una fulguración inquietante, siendo percepción o epifanía, pues la desgarradura aparece y el vate, convencido de su inmenso valor, forja el estilo de una poética.
El crítico Roland Barthes ha escrito que “la poesía moderna está saturada de estilo y es arte por referencia a una intención de la Poesía”; el poeta correntino ha logrado sobreponer su escritura en el fárrago de otras que procuran alcanzar el mismo logro. Justamente sustentando la misma en un estilo fuerte y vigoroso, oscilante entre la magia de los esteros y una pintura al modo surrealista, por lo tanto su tono es distinguible de inmediato en la perspectiva de otras hablas, además la misma está contaminada de una constante reflexión en torno al proceso de la inspiración poética, cotejando a cada momento esos instantes de lucidez, en las “apariciones”, que se convierten en visión, en poesía. Retomando a Barthes, éste señala en El grado cero de la escritura que

“El milagro de esta transformación hace del estilo una suerte de operación supra-literaria, que arrastra al hombre hasta el umbral del poder y la magia. Por su origen biológico el estilo se sitúa fuera del arte, es decir, fuera del pacto que liga al escritor con la sociedad. Podemos imaginar por tanto a autores que prefieran la seguridad del arte a la soledad del estilo”. 10

Su poesía recorre este derrotero, roza la magia, instituye una textura cuasi fantástica en su escritura, y lo real y lo surreal 11 transitan por toda su obra abriendo el campo de interpretación y afectación con que opera la palabra poética. Incluso en sus conferencias se halla ese desandar de la producción individual de una poética, es decir, el estilo elucubrado en la soledad de la propia escritura, y la donación del poeta en la lectura y el compromiso de su voz que lo religa, por lo menos un poco a lo celestial, y también a lo más inmediato que es la vida misma, el verdadero sentir y la vibración de una poética; porque “la escritura es un acto de solidaridad histórica”. Francisco Madariaga se encuentra comprendido en esta apreciación del crítico francés; y él mismo se hace la pregunta fundamental: “La poesía ¿qué es? un hada bellísima, fanática, feroz, puesta sobre la tierra exclusivamente para salvar el amor humano y todos los amores”.

[10] Roland Barthes, El grado cero de la escritura, Siglo XXI Editores, México, 1999, pág. 20. Traducción: Nicolás Rosa.
[11] “…el surrealismo argentino se destacó en la obra de Francisco Madariaga, Enrique Molina, Olga Orozco y Alejandra Pizarnik. Los tres primeros fueron quienes lograron establecer las bases de algo así como un surrealismo mestizo o americano…”. Martín Prieto, Breve historia de la literatura argentina, Taurus, Buenos Aires, 2006, pág. 376.


"Imagen del poeta”

Diamantes sobre el corazón son las palabras,
atomillos de los diamantes del dios, que se
entrechocan y se destierran en el goce del trino
de todos los terrores.

Recordemos y gocemos, seamos reales para con
el absoluto.

Bebamos tinieblas reyes y huyamos hacia las
resurrecciones.

¿Sólo el poeta podrá desactivar los restos de la
esperanza desesperanzada, rearmarla y
proyectarla en la oscuridad de una nueva
emoción más lúcida, más temible de vida
y en estado de ciencia de coraje y de gloria?

Otra de las misiones del poeta: desprender y
ahuyentar a los muelles flotantes, cargados
de mercaderías de la peste, del desprecio, de
la iniquidad, que flotan junto a los puertos
de las grandes capitales del infierno social.

El poeta es el que alarilea para que se abran
las puertas más reacias de las indivisiones, las
interrupciones, los no-nacimientos a nivel de flor
y agua, las resurrecciones en potencia...

Alarileando a los santos del infinito para que
respondan con un despotismo de libertad
glorificada, bebida y bañada en sangre
entre los hombres.

Reclamando en Estado Solar cuyas únicas fronteras
sean marcadas con diamantes de palabras
estiradas, derretidas con fuego de oro filtrado
entre las crines de los más bellos caballos.

Caballos que después empujarán, con sus pechos
sanguíneos de durazno, todas las tranqueras,
para que se abran hacia el agua y el cielo
de toda la divinidad de la materia.

La materia, la poesía, tanto la amontonada y sangral,
como aquella otra separada, fragmentada sobre
la pura transparencia y caridad de un duelo
de cristal.

[12] Francisco Madariaga, Op. cit, pág. 267.

Leer más...

viernes, 17 de abril de 2009

Texto leído el 7 de junio de 2000, en el restaurante El Rancho de…, de Entre Ríos 1800.

Francisco Madariaga
Por Gianni Siccardi

Hoy voy a decirle a Madariaga algunas cosas que le debo desde hace años.
Y estoy seguro de que no es un abuso de mi parte porque sé que muchos de los que hoy están hoy aquí podrían decirle cosas similares.
Entre muchos, elijo algunos momentos.
Ante todo, uno muy importante para mí: el del clima encantado de mi primera juventud.
“Yo soy un niño encantado y nadie me podrá recibir”.
Éramos muchachos. Algunos desde chicos, otros desde la adolescencia, algunos desde hacía poco, todos estábamos hipnotizados; vivíamos bajo el hechizo de la poesía. Algunos sólo por un verano, en el confuso, breve, caprichoso sueño del que aún no ha encontrado un lugar en el mundo al que está destinado a servir. Algunos, para entrenar su voz en el amordazado grito, el lamento –justificado, claro- por la insensatez del mundo. Y otro –los menos- que no tenían ningún mensaje, ninguna certeza, pero habian sido “heridos por la plenitud del Universo”.
Ellos sabían -mas clara o mas oscuramente- que “jamás terminará, es infinita esta riqueza abandonada”.
No sabían si eran poetas, pero estaban decididos a no usar la poesía. (Lea el texto completo)

Vislumbraban –mas clara o mas oscuramente- que ya no podrían hacer otra cosa que ser parte –infinitesimal, tal vez- pero parte de “esa tribu dispersa por el mundo, cuyos miembros se ignoran mutuamente y sin embargo reparan en común los hilos rotos de una gran red de belleza”. No estaban seguros de ser poetas pero sabían que “la poesía es un hada bellísima, fanática, feroz, puesta sobre la tierra exclusivamente para salvar el amor humano y todos los amores”.

Entonces éramos muchachos y la poesía nos reunía. En casa de uno o de otro nos encontrábamos. Se corría la voz y allí llegábamos. Alguno con el libro de uno de los poetas que todos ya habíamos aprendido a amar, alguno con el tesoro, la sorpresa de un poeta que había descubierto y era desconocido para los demás.
La emoción de la poesía descendía entre nosotros y nos amparaba. Así conocimos a nuestros padres y a los mas cercanos, nuestros hermano mayores. Muchos fueron los poetas que leímos pero algunos nos acompañaron siempre: Juanele, Girondo, Molina, Aguirre, Bayley, Madariaga, Trejo, Vanasco.

Muchas veces era yo quien sorprendía a los otros con un libro nuevo que caía sobre nosotros como un diluvio. Es que había descubierto un lugar mágico: la librería Galatea en Viamonte y Florida. El dueño era un francés con una enorme pipa entre los dientes, una de esas pipas en forma de saxofón en miniatura como se veían en algunas viejas películas de marinos. En una enorme mesa había una arbitraria montaña de libros y revistas de poesía. Uno dudaba. Allí estaba todo lo que uno deseaba poseer. El francés llegaba sigilosamente por detrás, extendía la mano certera y con la pipa señalaba un libro. Uno quería llevarlo todo, abrazar esas pepitas de oro, pero no tenía dinero para mas que para uno o dos libros. Y salía con los que la pipa había señalado: La vigilia y el viaje, El pequeño patíbulo, En la masmédula, La línea de flotación. Un día en libro señalado fue Corps et biens y sus siete maravillosos poemas “a la misteriosa”. La pipa fue imperiosa, y lo llevé, afortunadamente. Nunca tuve que arrepentirme de confiar en la pipa.

“Yo soy un niño y nadie me podrá recibir”. Algunos –en nuestros mejores momentos- también éramos niños a los que nadie podría recibir.
Sí, estábamos solos. Ahora miro hacia atrás y me doy cuenta. Éramos sólo unos muchachos y estábamos descubriendo algo tan gran que parecía imposible alcanzar. Lo que estaba en claro es que no se trataba de rebajar la poesía hasta nuestro nivel.
A pesar de que no los conocíamos personalmente, que reconfortante era tener padres y hermanos mayores: un bálsamo, un oasis. Nada nos hubiera impedido conocerlos. Lo impedía nuestro pudor, al menos a mí me lo impedía, Los veíamos como a una secta sagrada, una fraternidad empeñada, confabulada, para crear esa poesía que era la única en la que creíamos. Los poetas de la revista Poesía Buenos Aires y las huestes de Pellegrini eran para nosotros la misma cosa. Madariaga, que sigue amparándonos, era un de los que nos amparaba. Cuando alguien leía, por ejemplo, “ten el valor perfecto de tu gracia”, cuando alguien repetía por centésima vez “La negra y el calmante” y se exaltaba declamando: “Oh desconsuelo, ven a mi. Oh, amor, domina en mí. Oh, tentación, degüella en mí”. A veces, Madariaga sólo estaba en la cómplice sonrisa de alguno que, antes de leer un poema propio, decía: “tengo ganas de leer algo hoy, me sangra la poesía por la boca”.

“Ten el valor perfecto de tu gracia”. Y algunos lo sentíamos como un mandato natural, algo perfectamente de acuerdo con lo que ya sabíamos. Un plan de vida que temíamos no tener la decisión necesaria para cumplir. Pero, ¿Qué sería la vida, sino una tontería si uno no tenía el valor perfecto de su gracia?
Algunos sabíamos que cuanto mas nos acercábamos a poesía como la de El pequeño patíbulo mas nos alejábamos de ese patíbulo que acecha a cada uno. “¿Quién es el hombre que resiste a este otoño podrido por el infinito?”. Miro hacia atrás y pienso que sin un cierto grado de inocencia no hubiéramos elegido ese camino, Aunque quizá no elegimos, no tuvimos opción.


Pasaron años. Cada tanto nos reuníamos con Aguirre en un bar frente a la estación de Colegiales. Un día yo estaba enredado en ciertos pensamientos, ciertas dudas. Muchos son poetas sólo en el momento de la creación –decía yo-, arte y vida, entonces, pueden llegar a ser conflictivos. Algunos, creo, logran vivir como poetas. Y pregunté: esta unidad o esta falta de unidad, ¿no te parece que se reflejan en la obra? Si –dijo Aguirre-.
Y después de un rato: Madariaga es un buen ejemplo. Es uno de los pocos en que poesía y vida coinciden.

En el 69 trabajamos con Juan Antonio Vasco en la misma empresa. Cambio de horario había sido uno de los libros señalados por la pipa.
Vasco era de una inteligencia superior, y contaba –con un ingenio y una gracia infinitos- los hechos de su juventud. Tenía una gran admiración por Madariaga y una memoria que le permitía recitar poemas enteros o citar un verso –generalmente de El pequeño patíbulo o de Las jaulas del sol- en los momentos mas inesperados. Y recitaba poemas como si estuviera leyéndolos. Un día se interrumpió en medio de un poema y dijo: es un poeta congénito. Y siguió con el poema. Vasco era feliz en esos momentos.

Ahora, Bayley. Madariaga solía estar en nuestras conversaciones. Esa noche estábamos en la vieja pizzería de Charcas y Pueyrredón. Triturábamos con desgano unas empanadas que escondían un torturado mundo interior (ya no hay peligro, quebró hace mucho tiempo, naturalmente). Bayley tomaba a pequeños sorbos un tinto natural. Yo tomaba una coca, mi borgoña infantil artificial. Cada uno hacía su trabajo. Todo estaba ordenado: yo trabajaba de náufrago, Bayley trabajaba de faro. Y Madariaga entró en la conversación. Yo no lograba descubrir el misterio de su poder de encantamiento. Bayley levantó la ceja derecha, bajó la izquierda. La frente crispada. Su vos imperativa dictaminó como para desechar cualquier apelación: Francisco es un chamán.

No apelé. Yo había pensado en la galera y los conejos, Había pensado en vidente, claro. Conocía su propósito de ser criollo hasta la última coronación de la hermandad. Y me gustó lo de chamán. Un chamán –pensé- es alguien que ha superado todo rastro de ingenuidad y ha conservada intacta la inocencia. Y recordé su declaración de “Carta de enero”: “yo soy un niño y nadie me podrá recibir.
No apelé.

Madariaga me ha retado más de una vez porque dice que soy sarcástico. Voy a pedirle perdón por anticipado porque ahora estoy por darle otra oportunidad.

Un día en la SADE (perdón por la palabra) escuché a una señora decir con voz definitiva y elogiosa: “Madariaga canta el paisaje”. Después de subrayar la sentencia, su mirada se dirigió hacia la lejanía. Adiviné que allá a lo lejos ella divisaba su figura (mucha mas delgada que su realidad) brillando, brillando para siempre. Dije para mi mismo, con un tonito entre indignado y despectivo: deje de lado la etiquetadota mental, señora; lea “Carta de enero”; créale cuando dice: “yo no quiero cantar países natales,/ sino medallas de carne de sol,/ telas de la naturaleza,/ conciertos de las tumbas salvajes,/ hijas de la ternura natural”. Créale también cuando dice: “yo soy un niño y nadie me podrá recibir”; pero no le crea todo lo que dice, porque el no tiene “ese nativo puro que arroja los paisajes por la nariz. ¿Comprende, señora?
Madariaga no canta el paisaje, Madariaga es el paisaje.
Y dije todo esto para mi, porque otra cosa era inútil. Cuando volví a mirarla arrobada con la lejana y brillante visión de sí misma.
Caso cerrado.

Bayley, otra vez.
Una noche caminábamos por unas calles semidesiertas. Él iba callado, quiero decir, significativamente callado. Yo, a pesar de que no soy muy perspicaz, acompañaba su silencio esperando alguna señal. De pronto se detuvo y dio un paso hacia atrás. Francisco –dijo con voz paradójicamente confidencial desde la distancia- Francisco me ha dicho que no va a seguir escribiendo.
Estuvimos un rato así. La calle estaba desierta, o así la recuerdo. Comprendí que el comprendía esa situación, que el también la había vivido. Y supe que el sabía que lo había adivinado. Había una gran densidad. Nunca me he sentido tan cerca de Bayley. Las largas charlas que hemos tenido jamás nos acercaron tanto como ese silencio en esa calle silenciosa. Entonces, el habló. Francisco va a volver a escribir, es solo un momento, dijo con es ternura que tanto se empeñaba en ocultar pero que todos sospechábamos. Paternal para mí, fraternal para Madariaga.
Empezamos a caminar. Y costaba interrumpir el silencio. Yo sabía, y él supo que yo sabía. Caminamos. Y la calle seguía desierta.

Francisco (le llamo Francisco pero para mi fue, es y será siempre Madariaga), y todavía te preguntas : “¿fui capaz de triturarlo todo por ti, vieja Poesía?” Vamos, Francisco, no estamos para bromas.
Recuerdo una vez mas tu verso: “yo soy un niño y nadie me podrá recibir”. Y te lo digo, y estamos diciéndotelo todos los que estamos aquí y otros que no han podido estar: te lo aseguro, te recibimos. Vaya si te recibimos, o al menos lo intentamos. Francisco, poeta niño, poeta verdadero.
-
-
Leer más...

(click en la imagen)

(click en la imagen)

IX Festival Internacional de Poesía en Medellín - Revista Prometeo

(PARTE 1) Entrevista en la Universidad Nacional de Entre Rios-Concepción del Uruguay 1997

(PARTE 2) Entrevista

(PARTE 3) Entrevista

AGRADECEMOS PROFUNDAMENTE LA GENTILEZA DE LA SECRETARÍA DE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Y CULTURA DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE ENTRE RÍOS POR LA AMABILIDAD EN FACILITARNOS ESTE MATERIAL DE SU ARCHIVO. AGRADECIMIENTO ESPECIAL AL SR. HUGO LUNA, EL ENTREVISTADOR, QUE SE CONTACTÓ POR MEDIO DEL BLOG Y GESTIONÓ LA POSIBILIDAD DE CONTAR CON ESTE MATERIAL.

(PARTE 1) Recitado en la Universidad Nacional de Entre Ríos-Concepción del Uruguay 1997

(PARTE 2) Recitado

(PARTE 3) Recitado

Audio: Un adelanto de la nueva sección

Fuente: Francisco Madariaga, El tren casi fluvial (poemas en cassette), 1990, Ediciones Circe-Último Reino. Digitalizado a cd y facilitado por Daniel Chirom.

Novedad editorial 2009 Antología: "UN PALMAR SIN ORILLAS" (Ediciones en Danza)

En 1998, dos años antes de que falleciera uno de los más grandes poetas argentinos, Francisco Madariaga, aparecieron editados, casi maratónicamente, sus últimos cuatro títulos. Luego sobrevino el inexorable silencio que la literatura argentina reserva a sus grandes figuras, que ocasionalmente vuelven a redimirse con publicaciones en el extranjero. Afortunadamente, con el lanzamiento de Un palmar sin orillas, el destino permitió que un sello argentino rindiera el tributo necesario a una obra ineludible. Esta aguardada antología recopila poemas de todos los libros publicados por Francisco Madariaga, seleccionados por Javier Cófreces y Eduardo Mileo, con la cooperación de la poeta Élida Manselli, y además ofrece un dossier fotográfico del genial “Criollo del universo”. Fuente: http://www.edicionesendanza.com.ar/novedades/novedades.html - -
-
-

NOTAS PERIODÍSTICAS ACERCA DE:
"Un palmar sin orillas"

Haga click ---->
http://franciscomadariaga.blogspot.com/2009/07/notas-acerca-de-un-palmar-sin-orillas.html
-
-
-Madariaga no cantaba el paisaje, tenía “ese nativo puro que arroja paisajes por la nariz”, Madariaga era el paisaje.- L.M.

Francisco Madariaga Blog en la Revista Ñ del Diario Clarín (18/04/09)

Generación Abierta en radio - 31/10/09 - Entrevista acerca del blog

Emisión 111 del 31 de Octubre de 2009. Voces de la Memoria: Francisco Madariaga, en la voz de Lucio L. Madariaga. Diálogo en vivo.